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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 365

Colibrí bufó con desdén.

—Nuestra jefa se digna a venir a tratar a su señora, ¿y así es como la reciben?

—¡Si es así, entonces no la trataremos y punto!

Iguana también intervino.

—¡Poder contar con la ayuda de nuestra jefa es una bendición que no tendrían ni en cien vidas! ¡Y encima quieren que se vende los ojos! ¡Qué descaro! ¡Se pasan de listos!

Claudio, dándose cuenta de que Almendra no quería revelar su identidad como jefa de los Guardianes del Alma, también dijo con cara de pocos amigos:

—La señorita es la niña de los ojos de nuestro jefe. Vino a tratar a su señora en contra de los deseos de él, y ustedes no solo no la reciben con la cortesía debida, ¿sino que además quieren que sigamos sus reglas?

—¡Son unos malagradecidos!

Las palabras de los tres hicieron que Cicatriz se sintiera peor que un perro.

Sebastián pensó que tenían razón y, viendo la cara de apuro de Cicatriz, dijo:

—Cicatriz, déjalos entrar. Iremos por el camino del patio trasero.

Cicatriz no tuvo más remedio que asentir.

—¡De acuerdo!

Si Cicatriz hubiera sabido que Almendra era la jefa de los Guardianes del Alma, no solo no la habría hecho tomar un camino secundario, ¡ni siquiera se habría atrevido a dejarla entrar por la puerta principal de Los Serpientes!

Una vez dentro, Cicatriz y Sebastián llevaron a Almendra y a su gente por un sendero lateral hacia el patio trasero.

En el camino, lo que más vieron fueron jardines, árboles y estanques de peces.

Sin embargo, Almendra echó un vistazo hacia el otro lado y notó que había hombres de negro vigilando frente a cada edificio.

Unos cinco minutos después, llegaron a una construcción de madera.

En el porche, gruesos pilares de madera sostenían el alero. Los pilares estaban cubiertos de símbolos y tótems misteriosos, como si pidieran protección a los dioses. Los escalones de la entrada estaban hechos de piedra azul, cada una pulida por el tiempo hasta volverse lisa y suave.

—Esperen un momento, por favor. Iré a anunciar su llegada.

Almendra asintió, sacó mascarillas y trajes de protección y se los dio a Colibrí y a los demás para que se los pusieran. Luego, los desinfectó uno por uno. A simple vista, realmente parecían un equipo médico profesional.

Se suponía que era un dormitorio, pero ahora parecía completamente transformado en una habitación de hospital, con respirador y todo tipo de equipos de reanimación.

Para mayor comodidad, la cama en la que yacía la anciana era del mismo tipo que las de las salas VIP de los hospitales.

Estaba tumbada en la cama, débil. A pesar de usar el respirador, su respiración seguía siendo agitada y pesada, cada inhalación parecía una batalla. Su frente estaba cubierta de finas gotas de sudor que se deslizaban lentamente por sus arrugas.

Almendra frunció el ceño y se acercó para examinarla.

La situación era, en efecto, muy grave.

Primero sacó una jeringuilla para tomar una muestra de sangre y analizarla, y luego sacó sus agujas de plata.

El virus ya había afectado sus pulmones. Antes de que se desarrollara el antídoto, era necesario limpiar primero sus órganos internos.

La anciana estaba inconsciente, pero a medida que Almendra insertaba las agujas una por una, abrió lentamente los ojos.

Su mirada era confusa. Quería comunicarse con la persona que estaba a su lado, pero debido a su extrema debilidad, solo pudo emitir un sonido débil y ronco.

—Tú… tú…

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