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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 385

En sus ojos no había ira, solo una infinita desolación.

—Te crie con tanto esfuerzo, esperando que fueras exitoso y un buen hijo, pero al final, ¿qué recibo a cambio?

Solo se acordaban de que tenía una madre cuando la necesitaban. Cada vez que volvían a buscarla, era con un propósito, ni una sola vez se preocuparon realmente por su salud.

Cuando estaba postrada en cama, gravemente enferma y al borde de la muerte, solo pensaban en la herencia. Solo su preciosa Alme la cuidó con esmero, sacándola de las garras de la enfermedad una y otra vez, dándole esperanzas de vida.

—¿Acaso no hemos sido lo suficientemente buenos con usted? Estamos tan ocupados con el trabajo y aun así venimos a verla cada dos por tres, trayéndole los suplementos más caros. ¿Eso no es ser un buen hijo? —espetó Valeria, indignada.

Las palabras de su madre parecieron devolverle a Rodrigo una pizca de conciencia. Suavizó el tono: —Mamá, siempre la hemos respetado y hemos sido buenos hijos con usted. Es su corazón el que siempre ha estado con esa mocosa de Almendra, sin ver nunca lo bueno que hacemos.

»¡Puedo jurar por Dios que si me transfiere las acciones, la llevaré de inmediato a la ciudad, contrataré gente para que la atiendan a cuerpo de rey y cuidaré de usted hasta el final de sus días!

Rodrigo se sintió conmovido por sus propias palabras.

¡Sentía que era el hijo más devoto del mundo!

Pilar soltó una carcajada.

Rodrigo pensó que su madre también se había conmovido y que iba a aceptar, pero para su sorpresa, la mirada de ella cambió y su voz se volvió fría y cortante: —¡No me vengas con eso! No necesito que cuiden de mí. A partir de hoy, haré de cuenta que no tengo hijo. ¡Ahora, lárguense de aquí!

Rodrigo, furioso, abrió los ojos como platos, la mirada fija en su madre. De repente, la agarró del cabello. —¡Estás buscando la muerte!

El rostro de Pilar se puso pálido de dolor al instante. Sintió como si ese animal de Rodrigo fuera a arrancarle el cuero cabelludo.

—Aunque… aunque hoy me pongas un cuchillo en el cuello, ¡no voy a… cambiar el testamento!

¡Zas!

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