Fabián nunca le ponía una mano encima a una mujer, pero Valeria y Rodrigo eran peores que animales.
¿Atreverse a agredir a una anciana?
—¡Tápale la boca!
Al oír la orden, Martín se apresuró a cubrirle la boca a Valeria y ordenó a sus hombres que buscaran un trapo para amordazarla.
—¡Mmm, mmm…!
Valeria luchaba con todas sus fuerzas, pero dos guardaespaldas vestidos de negro la mantenían arrodillada en el suelo, inmóvil.
—¡Golpéenla! ¡Hasta que le destrocen la cara! —ordenó Fabián con voz gélida.
Fue entonces cuando Valeria pudo ver claramente que la persona que los había atacado era el vago con el que se juntaba Almendra.
Con los ojos echando fuego, miró a Fabián. —¡Mmm, mmm!
«¡Maldito! ¡Después de matar a mi esposo, ahora quiere matarme a mí!», pensó.
¡Zas! ¡Zas!
El sonido de las bofetadas resonaba con una claridad particular en la habitación. Los golpes la dejaron mareada, con un zumbido en los oídos y las mejillas ardiendo de dolor.
Rodrigo, tirado en el suelo, sintió como si hubiera muerto y vuelto a la vida. Con cuidado, tomó el cuchillo y vio que la herida tenía unos dos centímetros de profundidad.
La herida no era profunda, para nada profunda. No debería poner en peligro su vida.
Se repetía eso a sí mismo una y otra vez para calmarse.
Pero la herida dolía muchísimo, tanto que estaba empapado en sudor frío.
—Tú, tú…
¡Era el vago con el que se juntaba Almendra!
—¡Voy a llamar a la policía!
Rodrigo creía que Fabián lo había apuñalado. Tenía que llamar a la policía, ¡quería que ese desgraciado insolente se pudriera en la cárcel!

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