Betina también le lanzó una mirada fulminante a Helena. ¡Ya vería! En cuanto tuviera oportunidad, haría que esa lambiscona se largara.
El concurso empezó pronto. Para los que estaban frente al televisor, esos 60 minutos se sintieron eternos.
Especialmente para Betina, que se estaba muriendo de aburrimiento. Así que, con la excusa de ir al baño, se fue de la sala.
Al llegar al baño del primer piso, hizo una mueca y resopló: —¡Es una pérdida de mi valioso tiempo! Ver esos concursos aburridos... ¡mejor me hubiera ido a mi cuarto a practicar piano!
¡Jum! Ya vería esa ranchera de Almendra cómo ella brillaba en el concurso internacional de piano y se llevaba el primer lugar.
Por muy buena que fuera Almendra en medicina o en la escuela, ¿qué importaba?
El piano es un instrumento elegante y de clase alta, ¡seguro que esa pueblerina criada en el rancho nunca había visto uno!
Se tardó lavándose las manos, pensando en inventar que iba a practicar para subir a su cuarto, cuando de repente escuchó gritos afuera.
—¡Ah! ¡Dios mío!
—¡Ay, no, no, no! ¡Virgen Santísima!
Los gritos no paraban.
Eran de sus papás y también de los sirvientes.
El corazón le dio un vuelco. ¿Qué había pasado?
¿Le había dado el patatús al abuelo otra vez?
Se secó las manos a toda prisa y corrió hacia afuera, pero se detuvo a medio camino.
¿Por qué corría?
¿No había operado Almendra al abuelo?
Si surgían problemas una y otra vez, seguro era porque Almendra era mala doctora.
Tenía que aprovechar esta oportunidad para bajar a Almendra de su pedestal y que sus papás se dieran cuenta de que no era la gran cosa, ¡que todo era puro cuento!
Ya con la idea clara, fingió estar nerviosa, abrió la puerta y gritó también: —¿Qué pasó? ¿Le dio un ataque al abuelo?

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