De verdad, el hecho la golpeó durísimo, simplemente no podía encarar la realidad.
Al ver las sonrisas emocionadas en las caras de todos, por un instante, sintió ganas de derrumbarse y llorar.
Pero sabía que no podía llorar, porque si lo hacía, sus padres notarían sus sentimientos y empezarían a desconfiar de ella.
Si llegaban a correrla de la familia Reyes por culpa de Almendra, perdería para siempre la oportunidad de casarse con alguien de la familia Ortega.
Todavía estaba esperando a que su abuelo se recuperara por completo para ir con la familia Ortega y hablar con el Señor Esteban sobre su compromiso con Lorenzo Ortega.
—¡Dios mío! —Se tapó la boca fingiendo asombro—. ¡Dios mío! ¿No estoy viendo mal? Hermana... ¿mi hermana es la Maestra Alma que tanto admiro?
Frida asintió: —Así es, Betina. Todavía siento que estoy soñando. Y fíjate que las cuatro personas que trajo tu hermana quedaron entre los diez primeros. Bien dicen que con un buen general no hay soldados malos.
Frida estaba tan orgullosa que ni siquiera se daba cuenta de que, cada vez que mencionaba a Almendra, le brillaban los ojos y sonreía de oreja a oreja.
—Con razón mi hermana decía con tanta seguridad que era igual de buena que la Maestra Alma. Resulta que ella misma es la Maestra Alma. Y nos lo tenía escondido; si no fuera por este concurso, quién sabe hasta cuándo nos lo hubiera ocultado.
El comentario de Betina llevaba un tono de queja, pero para su sorpresa, Simón y Frida volvieron a alabar a Almendra.
—Tu hermana es muy discreta, no le gusta andar de presumida.
—Sí, quién sabe cuántos talentos más tendrá escondidos que no conocemos.
—¿Cómo le hace esta niña para ser tan lista y tan capaz? Hasta yo me siento chiquito a su lado.
—Sí, viejo, de ahora en adelante tenemos que portarnos a la altura para no dejar mal a Alme cuando salgamos.

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