Betina no esperaba que Almendra fuera tan arrogante como para ignorarla por completo. La rabia hizo que se clavara las uñas en las palmas de las manos.
«Ya verás, Almendra. En un momento, les voy a demostrar a todos quién es la verdadera señorita de la familia Reyes».
Ayer se había encargado de investigar a fondo el pasado de Almendra. La familia Farías prefería a los hombres, así que sus padres adoptivos nunca la habían querido. La dejaron en el campo para que viviera con su abuela Pilar.
¿Y qué si era la hija biológica de los Reyes? Dieciocho años de vida en el campo la habían dejado muy atrás. ¡No había forma de que pudiera compararse con ella!
***
Al bajar, Simón, Frida y Yago ya la esperaban en la mesa.
Poco antes, Simón y Frida le habían informado al abuelo que, como recompensa por haberlo salvado en una emergencia, le habían preparado varios regalos a Almendra. Después de todo, no solo lo había salvado, sino que también había salido herida y había pasado un mal rato.
Yago había pasado la noche en cama, reflexionando sobre lo que le había dicho el señor Esteban. Se dio cuenta de que, en efecto, se había portado mal con Almendra, así que decidió no oponerse a la decisión de Simón y Frida.
Había cosas que no podía evitar. Solo quería hacer todo lo posible para que Betina se quedara en la familia Reyes y, en el futuro, se casara con un buen hombre. Con eso, podría morir en paz.
—Alme, ven. Primero desayunamos y luego papá y mamá te darán unos regalos como agradecimiento por haber salvado a tu abuelo ayer.
Frida se levantó y, con una sonrisa tierna, llevó a Almendra a la mesa.
Como el día anterior la sorpresa había salido mal y Almendra no había probado bocado, hoy Simón y Frida habían acordado darle los regalos después del desayuno.
Justo cuando Frida sentaba a Almendra, vio a Betina bajar las escaleras con su uniforme blanco. Al verlos, los saludó con un tono meloso y coqueto.
—Abuelo, papá, mamá, ¡buenos días!
Un silencio se apoderó de la habitación. Incluso los empleados la miraban de una forma extraña.
Pero Betina, con la cabeza llena de la idea del helicóptero, no notó las miradas raras. Al contrario, pensó que su atuendo era tan espectacular que los había dejado a todos sin palabras.
Sabía que se vería increíble.
—¡Vaya! ¡Cuántas cosas ricas hay hoy! —dijo Betina, acercándose a la mesa para hacerse notar.


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