No le quedó de otra que quedarse sola en la habitación.
Cuando Betina regresó al cuarto, Liliana ya la estaba esperando.
—Señorita Betina, por fin regresó, ¿debe estar cansadísima, no? Ándele, métase a bañar y descanse.
Betina, bajando la voz, le preguntó a Liliana:
—Liliana, ¿qué planeas hacer? ¿Mis papás no se darán cuenta?
Al pensarlo bien, Betina sentía cierta preocupación.
Pero Liliana respondió:
—No se preocupe, señorita Betina, ya tengo todo arreglado. Mañana, cuando despierte, ¡tendrá muy buenas noticias!
Betina puso cara de ilusión de repente:
—¿En serio?
—Claro, ¿cuándo le he mentido a la señorita Betina? Esta vez, ¡el plan no tiene fallas!
Al escuchar esto, Betina asintió tranquila:
—Está bien, entonces me voy a bañar primero. Siento mucho calor, he sudado muchísimo.
Como Betina estaba acostumbrada a que Liliana la acompañara, cuando salían al extranjero, Liliana se quedaba con ella en la misma habitación.
Eso hacía que Betina se sintiera segura.
Lo que no sabían era que cada uno de sus movimientos estaba siendo observado por Almendra.
No es que hubiera cámaras ocultas en el hotel, sino que Almendra las veía a través de la computadora de la habitación.
Resulta que la computadora estaba encendida; Liliana había estado jugando *Candy Crush* hace un rato por aburrimiento y no la apagó, así que Almendra aprovechó para hackear el sistema y ver la escena.
Si Liliana hubiera apagado la computadora, ella no habría podido hacer nada.
Almendra cerró su laptop y soltó una risa fría. ¡Así que eran ellas!
Si querían jugar, pues ella jugaría con ellas.
Esa tal Liliana... ya vería qué es lo que realmente busca tras estar infiltrada en la familia Reyes por dieciocho años.
***
Abrió la puerta, verificó que no hubiera nadie en el pasillo y lo arrastró como a un cerdo muerto hasta la habitación de al lado.
Betina se estaba quedando justo en la habitación que antes ocupaba Cintia.
Almendra manipuló la cerradura con sus propias manos y, tras un *clic*, la puerta se abrió. De una patada metió al hombre adentro y, al mismo tiempo, recuperó la aguja de plata de su nuca.
Liliana estaba esperando escuchar ruidos en la habitación de al lado, pero para su sorpresa, fue su propia puerta la que pareció abrirse.
Corrió a ver qué pasaba y vio a un hombre gordo y orejón levantándose del suelo. En cuanto la vio, sin decir agua va, se le lanzó encima gritando «bebé, bebé» una y otra vez.
Liliana se quedó pasmada, ¡no entendía qué estaba pasando!
Pero no tuvo tiempo de pensar; el hombre que la abrazaba irradiaba un calor infernal, parecía un horno humano.
Además, el tipo estaba demasiado gordo y pesado, ¡no podía quitárselo de encima!
—¡Rrrras! —El gordo le rasgó la ropa con brusquedad.
Liliana, a punto del desmayo por el susto, gritó con todas sus fuerzas:
—¡Señorita Betina! ¡Señorita Betina!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Los Secretos de la Hija Recuperada