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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 452

Pero aunque estaban en la misma habitación, Betina dormía en su cama como un tronco; por más que Liliana gritara, ella no reaccionaba en lo más mínimo.

—¡Maldito animal! ¡Suéltame! ¡Soy la esposa de Álex, te atreves a faltarme al respeto!

Liliana sentía cada vez más frío en el cuerpo y, en su desesperación, incluso reveló su identidad.

Pero el hombre que tenía encima era una bestia que había perdido la razón, incapaz de entender lo que Liliana decía.

Él solo sentía que se quemaba por dentro, ¡necesitaba desahogarse!

Aunque Liliana ya pasaba de los cuarenta, se conservaba bien y tenía su atractivo, lo cual para un hombre hambriento era un auténtico banquete.

—¡No! ¡Suéltame! ¡Maldita sea! —Liliana estaba clavada contra la pared por el peso del hombre gordo, sin fuerzas para resistirse.

—¡Señorita Betina! ¡Señorita Betina!

—¡Betina!

Al final, de la pura angustia, terminó llamando a Betina por su nombre a secas.

—¡Ayúdame! ¡Ayúdame!

Liliana estaba desesperada, ¡ella era la gran señora de Álex, de Los Serpientes!

¿Cómo podía ser ultrajada por esta basura? Si Álex se enteraba, ¡la mataría!

Pero Betina seguía en la cama como un cadáver; no importaba cuánto gritara o chillara Liliana, ella seguía durmiendo profundamente.

El aislamiento acústico del hotel era bastante bueno, así que por más que Liliana gritara, nadie afuera podía escucharla.

Sin embargo, Almendra tenía un oído muy fino. Regresó a su cuarto y se quedó parada en silencio junto a la pared, escuchando el alboroto de al lado.

Al oír los gritos histéricos de Liliana pasar a la desesperación y finalmente a la... resignación, una sonrisa fría se dibujó en sus labios.

Estando Liliana en la familia Reyes, ¿cuántas veces al año veía a Álex?

Digamos que esta vez le había hecho el favor de aliviar su soledad.

Ah, no, corrección: fue la misma Liliana quien se buscó a ese hombre feo y gordo para relajarse un rato.

Justo cuando iba a caminar hacia la cama, escuchó una risa baja y maliciosa proveniente del balcón:

—Nena, cuánto tiempo sin vernos, ¿sigues siendo igual de mala?

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