Almendra entrecerró los ojos y lo miró con una fiereza cortante:
—¿Quién va a matar a quién?
Sombra abrió los ojos con inocencia fingida:
—Pues yo, ¿quién más? ¿Quién le manda robarte mientras yo no estaba?
—¡Mi paciencia tiene un límite! —advirtió Almendra con voz gélida.
Sombra vio que Almendra parecía estar enojándose de verdad, así que guardó su expresión burlona, la miró y soltó una risa fría:
—¿Tanto te importa en tan poco tiempo?
—¡Mis asuntos no te incumben! Pero si te atreves a tocarle un pelo, ¡te las verás conmigo! —sentenció Almendra con un tono tajante.
Una emoción compleja cruzó por los ojos oscuros y profundos de Sombra, pero fue solo un instante antes de volver a la frialdad habitual.
—¿Quieres saber por qué estoy aquí? —preguntó Sombra.
Almendra resopló:
—¿Me lo vas a decir?
Sombra levantó la cabeza fingiendo pensar y luego dijo:
—Tal vez ahora no, pero si me llevas contigo un tiempo y me divierto lo suficiente, quizás te lo cuente.
Almendra entrecerró los ojos: ...
Sombra sonrió con picardía:
—Como en los viejos tiempos, di que soy tu primo lejano.
Almendra:
—Primo menor.
Sombra puso cara de desagrado:
—Primo mayor.
—¡Lárgate! —Almendra ya estaba fastidiada.
Sombra sonrió triunfante:
—Está bien, nena. Márcame mañana en la mañana para desayunar juntos.
Dicho esto, caminó directo al balcón y desapareció en un abrir y cerrar de ojos.
Al ver esto, Almendra frunció el ceño con preocupación.
Sombra no era alguien que perdiera el tiempo; se la pasaba viajando por el mundo buscando objetivos. ¿Acaso esta vez... venía por Fabián?
Cuando Almendra se acostó, en la habitación de al lado todavía seguía el alboroto.
Lo más seguro es que mañana Liliana no se pueda ni levantar de la cama.
¿Cómo pudo tener ese tipo de sueño?
¡Anoche, ese maldito patán la trajo en jaque toda la noche!
¿Por qué seguía soñando con eso?
—Señorita Betina, yo, yo... —Al hablar, Liliana se dio cuenta de que su voz estaba ronca, sonaba como el Pato Donald.
Betina se dio cuenta de que debía estar enferma:
—Liliana, ¿estás enferma?
Liliana aprovechó la excusa:
—Parece, parece que sí, cof, cof.
—En el botiquín hay medicina, tómate algo rápido. Hoy no hace falta que me acompañes, quédate descansando en el hotel.
Liliana no podía pedir más, asintió rápidamente y puso cara de culpa:
—Qué inútil soy, se suponía que venía a cuidar a la señorita Betina y me enfermo apenas llegando.
—No importa, mis papás están aquí.
Dicho esto, Betina frunció el ceño y olfateó el aire:
—Liliana, ¿no sientes un olor raro en la habitación?

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