Para Betina, el piano no era algo que se aprendiera de la noche a la mañana; para alcanzar un nivel alto, había que practicar arduamente desde pequeña, como ella.
Y Almendra, que era una bruta, seguro no tenía ni una gota de talento musical.
Frida hizo una pausa y dijo:
—Tu hermana siempre está muy ocupada, no tiene tiempo para aprender esas cosas de ocio.
Simón, que estaba sentado junto a Fabián, se apresuró a decir:
—Sí, si tu hermana quisiera aprender, contratamos al maestro Kino para que le enseñe; con su inteligencia, seguro llegaría lejos.
Betina se rio por dentro con frialdad. Si no tiene talento, no tiene talento, ¿para qué adornarlo tanto?
¡La preferencia por Almendra era simplemente ridícula!
Mientras tanto, Almendra ya había llevado a Sombra con Mauricio.
Mauricio y los demás ya tenían puestos los trajes de piloto, pero dos de ellos estaban recostados en las sillas del área de descanso, pálidos como el papel.
—¡Cuñada!
Mauricio corrió a recibir a Almendra y, al ver a Sombra detrás de ella, preguntó:
—Él es...
—Ricardo, también es piloto.
Los ojos de Mauricio se iluminaron:
—¿En serio?
—Sí. Primero déjame ver qué tienen ellos dos.
Almendra se acercó a los dos compañeros pálidos y les preguntó qué habían comido.
—Desayunamos con Mauricio en la mañana, y hace rato nos dio sed y nos tomamos media botella de agua.
—¿Y el agua?
Mauricio le pasó el agua a Almendra de inmediato.
Almendra destapó la botella, la olió y soltó una risa fría:
—Lo sabía.
Mauricio frunció el ceño:
—Cuñada, ¿el agua tiene algo?
—Sí, le pusieron sulfato de magnesio, es un laxante osmótico. Ahorita solo tienen dolor, pero en cinco o diez minutos tendrán diarrea.
—Pero... cuando la abrimos estaba sellada.
—Se puede desenroscar, poner la droga y volver a sellar —respondió Almendra.
Al salir del vestidor, viendo a Almendra, que no le pedía nada a ningún hombre, Mauricio y los demás se quedaron boquiabiertos otra vez.
Bajo el casco, su mirada era firme y brillante como las estrellas.
El material del traje de piloto irradiaba tecnología y modernidad, cada detalle gritaba velocidad y pasión. Estaba parada ahí, con un aura de confianza y poder que imponía, como si estuviera lista para conquistar la pista y desafiar los límites.
—Suban a los carros.
Mauricio lideró al equipo hacia la pista; cada piloto debía pasar por la verificación administrativa.
Cuando los dos oficiales revisaron a Almendra y vieron su licencia de piloto, ¡sus bocas formaron una O perfecta!
Casi se les salen los ojos de las cuencas.
¿No estaban viendo mal?
¡NO1!
¡Era la mismísima NO1, la superpiloto famosa internacionalmente!
¡OMG!
¿Es neta?
¿No estaban soñando?
—Disculpe, maestra, ¿nos podemos tomar una foto con usted?

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