Fabián no le quitaba la vista de encima a cada gesto de Almendra. ¡Ese banquete visual y auditivo había sido una cosa de otro mundo!
Aunque él no tocaba mal el piano, para llegarle a los talones a Almendra le faltaban como diez años de práctica.
O sea, ¿qué tan perfecta podía ser su Alme?
Lucía seguía mirando a Almendra con admiración y una sonrisa de orgullo maternal.
La Maestra de la Melodía era la Maestra de la Melodía, nunca decepcionaba.
Fue demasiado espectacular.
Con la misma partitura, lo que tocó Betina parecía de principiante, ¡pero lo de Almendra era nivel dios!
Como cuando dos personas usan la misma ropa: a una se le ve equis, pero la otra se la pone y deja a todos con el ojo cuadrado.
—¡Ay, Dios mío! ¡Alme es increíble, estuvo genial! —Frida no pudo evitar gritar como fanática.
Hasta ese momento, el público reaccionó como despertando de un trance. No se supo quién empezó, pero los aplausos estallaron como nunca antes, una locura total.
Oleada tras oleada, la gente vitoreaba a Almendra con frenesí.
Betina estaba completamente pasmada.
Liliana también se quedó de a seis.
¿Cómo era posible?
Almendra, la rancherita que venía del pueblo, ¿sabía tocar el piano?
¿Y además tocaba así de bien?
Betina se sentía como un payaso; tenía el cuerpo tan rígido que no lo sentía suyo.
Hasta pensó que estaba soñando.
Esto no podía ser real, ¿verdad?
¿Su arte supremo, del que tanto se enorgullecía, acababa de ser aplastado por Almendra?
Almendra se levantó con una sonrisa leve, sin inmutarse por la gloria, y bajó del escenario.
Miró a Betina, que estaba en shock.
—¿No se supone que me tienes que servir el té y llamarme Gran Maestra? —dijo alzando una ceja.
Simón y Frida no sabían qué decir.
Era una apuesta entre hermanas y no querían meterse.
Sería injusto para Almendra si intervinieran; al fin y al cabo, Betina ya había perdido dos veces antes y siempre buscaba excusas para no pagar.
Betina estaba que echaba humo por dentro.
¡Almendra lo hizo a propósito!
Ella no sabía que Almendra tocaba el piano, por eso apostó, ¡pero resulta que Almendra era una experta!
¡No era justo!
Sentía que Almendra le había tendido una trampa para dejarla en ridículo.
Kino se acercó a Betina en ese momento y le recordó: —La Maestra de la Melodía es mi maestra, así que lo justo es que la llames Gran Maestra.
¡Pum!
¡A Betina le cayó como balde de agua fría!

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