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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 487

Pero Kino la miró con cara de póker, sin decir ni pío.

Frida y Simón no querían que las hermanas se pelearan y dijeron: —Betina, si tu hermana dice que toca mejor, pues toca mejor, ya no discutan.

Eso solo hizo que Betina se indignara más y se puso terca: —Mamá, si mi hermana insiste en que toca mejor que yo, pues que toque. Así todos podremos apreciar su "gran nivel".

Lucía y Kino querían escuchar la versión de Almendra, así que se quedaron callados esperando ver cómo Betina se daba de topes contra la pared.

Fabián y Mauricio tampoco iban a meter su cuchara; si Betina quería humillarse sola, ¿ellos qué?

Cristian vio que Betina no aprendía la lección y volvía a apostar contra Almendra, así que la dejó ser.

Ella solita buscaba su castigo, así que dejaría que Alme le diera una buena lección a ver si así escarmentaba.

Todavía no escribía ni una de las 100 planas de la Biblia y ya estaba apostando otra vez sin usar el cerebro.

De todas formas, Alme era su Gran Maestra, así que aunque perdiera, no perdía nada.

—Va, trato hecho. Luego no quiero lloriqueos ni excusas para no pagar la apuesta —dijo Almendra mientras caminaba hacia el piano en el escenario.

Betina se burló: —Tranquila, yo siempre cumplo. ¡Pero si tú pierdes, tú me vas a servir el té a mí y me llamarás Gran Maestra!

Almendra ni volteó, solo soltó un claro y seco: —¡Jalo!

Y cuando la música subió de intensidad, fue como las olas furiosas en una tormenta, golpeando contra los arrecifes con una fuerza impresionante. El ritmo fuerte era como tambores de guerra golpeando el alma, haciendo que la sangre hirviera de emoción.

El público parecía hechizado, inmerso en esa atmósfera increíble; cada nota era como una estrella brillante iluminando la noche de sus corazones.

El cuerpo de Almendra se mecía ligeramente con la música, fundiéndose con el piano. Con sus dos manos tejía un tapiz musical deslumbrante, llevando a todos a través del tiempo y el espacio, explorando diferentes paisajes emocionales.

En ese mar de música, la tristeza y la alegría se entrelazaban, la calma y la pasión chocaban. La interpretación de Almendra era como una tormenta que sacudía el alma, dejando a la audiencia borracha de poder y belleza.

Cuando la última nota cayó y el eco se desvaneció lentamente en el recinto, todos despertaron como de un sueño maravilloso, con el corazón lleno de asombro y rendición ante la técnica magistral de Almendra.

La Maestra de la Melodía merecía con creces ser la número uno del piano moderno. ¡Era la neta!

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