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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 50

—Primero tengo que verlo —respondió Almendra con voz neutra.

Mauricio estaba a punto de preguntar algo más cuando su celular sonó. Era el señor Esteban.

—¡Mocoso! ¿Fuiste a recoger a Alme y todavía no llegas?

Mauricio rio.

—Abuelo, ya estamos en la entrada. En un momento subimos.

Al señor Esteban se le iluminó el rostro.

—¡Bien, bien, bien! ¡Tráela rápido, que ya no aguanto la espera!

—Entendido.

Tras colgar, el señor Esteban miró radiante a Fabián, que seguía en la cama jugueteando con su celular. Le dio un golpe al suelo con su bastón.

—¡Fabián! Tienes mal la vista, ¿qué tanto haces con ese celular? Alme ya casi llega. Te lo advierto, más te vale que te comportes. ¿Sabes lo guapa y talentosa que es?

Al escuchar a su abuelo, Fabián finalmente dejó el celular y lo miró.

—Ya enviaste a Lorenzo y a Mauricio. No voy a competir con ellos. Si la gente se entera de que el hermano mayor les está peleando una chica a sus hermanos menores, quedaría muy mal.

El señor Esteban bufó.

—¡No te pases de listo! El compromiso original era contigo. El que tus hermanos participen ahora ya reduce tus posibilidades de que te elija. ¿Crees que si no participas, ellos van a estar de acuerdo? ¡Pues no! Los tres tienen que participar, sin excepción. ¡A quien Alme elija, ese será! ¡Así es más justo!

Fabián, con una expresión de resignación, apartó las sábanas y se levantó de la cama.

El abuelo se alteró.

—¿A dónde vas?

—¿No voy a conocer a la señorita Almendra? —respondió Fabián—. Tengo que arreglarme un poco.

***

Cuando Mauricio llevó a Almendra a la habitación de Fabián, se encontraron con los gritos furiosos del señor Esteban.

—¡Maldito mocoso! ¡Desgraciado! ¡Con razón a sus veintiocho años sigue soltero!

Mauricio se quedó pensando: «¿Y qué tiene de malo estar soltero? ¿Acaso los solteros le hicimos algo? ¿Cada que se enoja nos tiene que insultar?».

Almendra también pensó que no tenía nada de malo. Ella también era soltera.

—¿Abuelo? ¿Qué pasó? —preguntó Mauricio, asomando la cabeza por la puerta de la habitación.

El señor Esteban, que estaba a punto de explotar, se giró al oír la voz de Mauricio y vio a Almendra a su lado: callada, dócil y hermosa.

—Señor Esteban —lo saludó Almendra.

***

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