Martín captó la indirecta, agarró el botiquín y salió disparado, cerrando la puerta con mucho tacto tras de sí.
Fabián por fin tenía el momento a solas que tanto ansiaba, pero para su sorpresa, Almendra también se levantó de golpe:
—Ya que te curé y es tarde, yo también me voy.
Al escuchar eso, el corazón de Fabián dio un vuelco doloroso.
—Alme. —Extendió la mano y la sujetó por su muñeca fina y blanca.
Almendra alzó una ceja:
—¿Qué pasa?
—Quédate conmigo esta noche. No haremos nada, solo dormir.
Fabián fue muy claro para que Almendra no malinterpretara sus intenciones ni pensara que se quería propasar.
Almendra soltó una risita baja:
—En tu estado, ¿qué podrías hacer?
Fabián abrió los ojos como platos. ¿Qué quería decir con eso?
¿Acaso Alme dudaba de su capacidad?
Si pudiera, ¡le encantaría demostrarle ahí mismo y ahora mismo de lo que era capaz!
Pero él era un hombre de principios; antes de que fuera legal, no cruzaría la línea con Almendra.
Pero bueno, si no podía comer el plato fuerte, al menos podía probar el caldito, ¿no?
De un jalón, atrajo a Almendra hacia sus brazos. Ella, tomada por sorpresa, cayó sobre él y casi golpea su herida.
—¡Fabián, estás loco!
Fabián le acarició suavemente la mejilla con su mano enorme, como si tocara el tesoro más preciado del mundo, y con voz ronca dijo:
—Tal vez desde el primer día que te vi, estaba destinado a volverme loco por ti.
Sin darle tiempo a reaccionar, se inclinó y pegó sus labios ardientes a esa boca roja que tanto anhelaba.
Al principio, el beso de Fabián fue suave, tentativo, como una mariposa posándose en una flor con cuidado.
Poco a poco, el beso se volvió intenso y profundo, como si quisiera absorber hasta su alma.
Almendra pasó de la pasividad a responderle, rodeando su espalda con los brazos y arañando suavemente su piel con los dedos sin poder evitarlo.


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