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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 514

Martín captó la indirecta, agarró el botiquín y salió disparado, cerrando la puerta con mucho tacto tras de sí.

Fabián por fin tenía el momento a solas que tanto ansiaba, pero para su sorpresa, Almendra también se levantó de golpe:

—Ya que te curé y es tarde, yo también me voy.

Al escuchar eso, el corazón de Fabián dio un vuelco doloroso.

—Alme. —Extendió la mano y la sujetó por su muñeca fina y blanca.

Almendra alzó una ceja:

—¿Qué pasa?

—Quédate conmigo esta noche. No haremos nada, solo dormir.

Fabián fue muy claro para que Almendra no malinterpretara sus intenciones ni pensara que se quería propasar.

Almendra soltó una risita baja:

—En tu estado, ¿qué podrías hacer?

Fabián abrió los ojos como platos. ¿Qué quería decir con eso?

¿Acaso Alme dudaba de su capacidad?

Si pudiera, ¡le encantaría demostrarle ahí mismo y ahora mismo de lo que era capaz!

Pero él era un hombre de principios; antes de que fuera legal, no cruzaría la línea con Almendra.

Pero bueno, si no podía comer el plato fuerte, al menos podía probar el caldito, ¿no?

De un jalón, atrajo a Almendra hacia sus brazos. Ella, tomada por sorpresa, cayó sobre él y casi golpea su herida.

—¡Fabián, estás loco!

Fabián le acarició suavemente la mejilla con su mano enorme, como si tocara el tesoro más preciado del mundo, y con voz ronca dijo:

—Tal vez desde el primer día que te vi, estaba destinado a volverme loco por ti.

Sin darle tiempo a reaccionar, se inclinó y pegó sus labios ardientes a esa boca roja que tanto anhelaba.

Al principio, el beso de Fabián fue suave, tentativo, como una mariposa posándose en una flor con cuidado.

Poco a poco, el beso se volvió intenso y profundo, como si quisiera absorber hasta su alma.

Almendra pasó de la pasividad a responderle, rodeando su espalda con los brazos y arañando suavemente su piel con los dedos sin poder evitarlo.

Almendra se bajó de la cama, se acomodó la ropa rápido y fue a abrirle a Mauricio.

Mauricio sabía que Almendra estaba en el cuarto porque había visto su carro afuera, pero pensó que, como su hermano estaba malherido, no podían estar haciendo gran cosa, ¿no?

Pero cuando Almendra abrió la puerta, notó que el ambiente estaba medio raro.

—Cuñada…

Mauricio vio que los labios de Almendra estaban un poco hinchados y rojos, como si alguien los acabara de morder.

Y su hermano mayor, recostado en la cama, lo fulminaba con una mirada asesina.

Sintió un escalofrío en la espalda y encogió el cuello instintivamente, deseando que se abriera un agujero en el suelo para meterse.

—Este… cuñada, Lorenzo se enteró de que mi hermano estaba herido y vino a verlo.

Almendra alzó una ceja. ¿Lorenzo?

Mauricio se hizo a un lado y ahí estaba Lorenzo, impecable con su traje y su aire intelectual, parado un poco más atrás.

Lorenzo también notó que algo no cuadraba y puso cara de pena:

—Creo que… llegamos en mal momento.

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