La anciana asintió sonriendo:
—Está bien.
Almendra regresó a La Concordia, y Sombra se fue al mismo tiempo, intentando que ella le diera un aventón.
—¿Cómo llegaste? —preguntó Almendra.
—Caminando —respondió Sombra.
Almendra no le creyó ni tantito y no le abrió la puerta:
—Pues regrésate caminando igual.
Viendo cómo Almendra pisaba el acelerador y desaparecía frente a sus ojos, Sombra soltó una risa burlona por lo bajo:
—Vaya mujer tan fría y despiadada. Por un viejo rabo verde, se le olvida el cariño de tantos años.
***
Fabián había estado esperando el regreso de Almendra. Al ver que ya habían pasado dos horas y no se escuchaba nada, se puso más ansioso e irritable.
Los guardias de Atlamaya le habían dicho que Alme ya venía de regreso. ¿Se habría entretenido con algo en el camino?
Apenas pensó eso cuando vio a Martín entrar corriendo, todo emocionado:
—¡Jefe! ¡Ya llegó la señorita Almendra!
Al instante, los ojos oscuros de Fabián se iluminaron.
Se apresuró a recostarse en la cama, fingiendo estar muy débil.
Cuando Almendra entró, vio a Fabián con los ojos entrecerrados, tirado en la cama como si estuviera inconsciente.
Miró su pecho; solo tenía una gasa mal puesta, enrollada un par de veces, y ya se veía que la sangre estaba por traspasarla.
—¡Fabián! —dijo ella con voz fría.
Fabián notó que el tono de Almendra no sonaba muy dulce que digamos. Abrió los ojos y vio que ella se acercaba con cara de pocos amigos y en tono serio le reclamó:
—¿No te dije que buscaras un médico para que te curara? ¿Por qué no lo hiciste?
Fabián tosió un par de veces:
—Es que no confío en ellos.
Almendra se enojó de verdad:

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Los Secretos de la Hija Recuperada