Betina ya no pensaba de forma tan extrema como antes; ahora solo quería luchar por una oportunidad más para sí misma.
Después de todo, para una mujer, casarse es como volver a nacer, y ella quería elegir a alguien relativamente sobresaliente.
Ya lo había pensado: si Lorenzo de verdad no quería, pues ni modo. Al fin y al cabo, sus papás habían dicho que la seguirían tratando como a su hija, así que no tenía prisa por casarse.
Con el estatus de ser una señorita de la familia Reyes, ¿acaso no podría conseguir un buen partido?
No pasó mucho tiempo antes de que don Esteban devolviera la llamada.
Yago contestó rápido, riendo:
—Esteban, ¿qué dice Lorenzo?
Esteban hizo una pausa y dijo con tono de disculpa:
—Yago, qué pena me da, pero ese muchacho va a tener que rechazar la buena intención de Betina.
—Ah… —Yago Reyes se quedó helado.
—Ese mocoso ahorita está tan ocupado que no tiene tiempo ni para citas, está volcado en el trabajo. Dice… dice que ahorita no tiene cabeza para eso.
»No es que Betina tenga algo malo, no me malinterpreten, y díganle que no se sienta mal. Es una buena niña, ya encontrará a su media naranja más adelante.
Ya que don Esteban había sido tan claro, Yago no podía insistir más, así que solo asintió, intercambiaron un par de frases de cortesía y colgaron.
En la sala se hizo un silencio absoluto.
Nadie se atrevía a hablar primero.
Esta respuesta parecía estar dentro de lo que Simón, Cristian y Frida esperaban.
Betina estaba muerta de vergüenza y sentía un nudo en el pecho.
Aunque no sentía gran cosa por Lorenzo, el rechazo la hacía sentir humillada.
Si fuera la hija biológica de los Reyes, ¿Lorenzo la habría rechazado tan tajantemente? ¿Don Esteban habría intercedido por ella como antes?
Liliana tenía la mente en blanco, se quedó pasmada en su lugar.

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