Pero frente a su abuelo, no se atrevió a contradecirlo y solo asintió.
—Entendido, abuelo.
—Entonces, Alme, quedamos en eso. La enfermedad de Fabián, te encargo que lo revises.
Almendra asintió.
—Claro que sí, señor Esteban.
El abuelo conversó un poco más con Almendra y luego le ordenó a Mauricio que la llevara personalmente de regreso a casa. Justo cuando salían del elevador en el primer piso, se toparon de frente con tres personas.
Almendra frunció el ceño al instante.
Antes de que pudiera decir algo, la mujer elegantemente vestida que tenía delante exclamó sorprendida:
—¡Almendra! ¿No habías regresado al pueblo de Las Brumas a buscar a tus verdaderos padres?
Efectivamente, las tres personas eran su padre adoptivo, Rodrigo; su madre adoptiva, Valeria; y la verdadera heredera de la familia Farías, Susana.
Rodrigo, vestido con un traje gris oscuro, era alto y de complexión robusta, con rasgos bien definidos. Su cabello estaba peinado hacia atrás sin un solo pelo fuera de lugar, y sus zapatos de piel negra brillaban impecablemente, complementados por un cinturón negro con una hebilla dorada. Se veía serio y elegante.
Él tampoco parecía esperar encontrarse con Almendra allí.
—Alme, ¿qué haces aquí? ¿No te habías ido a Las Brumas a buscar a tus padres biológicos? —preguntó, igualmente confundido.
Para Rodrigo, sus sentimientos hacia Almendra eran complicados. A fin de cuentas, la había criado durante dieciocho años, pero resultó que no era su hija biológica. Sentía que la había criado en vano.
Susana, sin embargo, miró astutamente a Mauricio, que estaba al lado de Almendra. Se sorprendió al verla con un hombre tan apuesto y de porte distinguido, y comentó con un tono sarcástico:
—Sí, hermanita, en lugar de ir a Las Brumas a buscar a tus padres, ¿qué haces aquí con un muchacho? ¿Y vestida así?
—Almendra, escúchame bien. Ya no eres hija de la familia Farías. De ahora en adelante, tienes prohibido involucrarte en cualquier asunto de nuestra familia, ¡y ni se te ocurra usar el nombre de la abuela para pedir favores!
Valeria sospechaba que el abuelo de la familia Reyes estaba enfermo y, como no tenían dinero para un buen médico, habían enviado a Almendra a usar las conexiones de los Farías para rogarle ayuda a Wilfredo.
—Así es, Alme. Ya que volviste al campo, deberías adaptarte al estilo de vida de los Reyes. En mi cartera traigo dos mil pesos, ten, para que te regreses a casa.
Rodrigo sacó su billetera y le ofreció el dinero, tratando de deshacerse de ella.
Una pizca de burla apareció en los ojos de Almendra.
—Vaya, el hombre más rico de Atlamaya, ¿y solo carga dos mil pesos en la cartera?
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