Y dicho eso, subió la puja a cincuenta millones.
La sala entera volvió a escandalizarse. ¿Cincuenta millones?
¿Por una sola planta de muira puama?
Eva sonrió.
—Alme, parece que el del número tres te la trae cantada esta noche.
Almendra, con una expresión neutra, se limitó a asentir y subió otros diez millones.
Cuando todos esperaban que el número tres siguiera pujando, no hubo más movimiento. El sistema anunció: «Sesenta millones del número uno, a la una. Sesenta millones del número uno, a las dos. Sesenta millones del número uno, a las tres. ¡Vendido!».
Betina, furiosa, barrió con la mano los bocadillos y las bebidas de la mesita frente a ella, tirándolo todo al suelo.
Laura, a su lado, parecía avergonzada.
—Lo siento tanto, Betina. No pensaba comprar nada esta noche, así que solo traje tres millones.
Para entrar a este lugar había requisitos. Sin una tarjeta con fondos mínimos de un millón, no te dejaban pasar. En resumen, el millón era el boleto de entrada.
A Betina no le alcanzaba el dinero, así que solo pudo quejarse con rabia.
—¡De haber sabido, me habría traído otras tarjetas! ¿Quién iba a pensar que una simple muira puama alcanzaría un precio tan alto?
—¿Y si vemos qué más hay? Para fortalecer el cuerpo también sirven la maca, la uña de gato, ¿no?
Betina lo pensó y tuvo que darle la razón. Decidió esperar.
Almendra, tras adjudicarse la muira puama real, pagó con su tarjeta y se fue.
Susana, por su parte, se sentía tan humillada que no tenía cara para quedarse. Le pidió a Bruno que se fueran.
Bruno, al ver la expresión de disgusto de Susana, la rodeó por la cintura con un brazo.
—Susana, si no pudimos conseguirla aquí, podemos buscarla en alguna herbolaria.
Susana lo consideró. Fuera como fuera, tenía que quedar bien con la abuela.


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