Almendra lo miró con aire desafiante y soltó una risa fría.
—¿Que yo la envidio?
Bruno asintió, con los ojos desorbitados.
—¿No la envidias por ser la verdadera heredera de los Farías? ¿No la envidias porque ella sí puede estar conmigo a la luz del día, mientras que tú solo puedes ser la otra, la que tengo que esconder?
Susana, al ver que el desprecio y la furia en los ojos de Bruno eran genuinos, intervino con la voz quebrada por un llanto fingido.
—Bruno, ya déjalo. Mi hermana la está pasando mal, tiene que mantener a toda su familia. A lo mejor no le queda de otra.
¡Zas!
—¡Ay!
Apenas Susana terminó de hablar, otra bofetada le cruzó la cara. Si no fuera porque Bruno la estaba sujetando, habría caído al suelo. El golpe la dejó zumbando.
—Más te vale que te calmes, Susana. No vuelvas a provocarme.
La voz de Almendra era una advertencia helada. Susana, quizás por el susto del golpe, se acurrucó instintivamente en los brazos de Bruno, sollozando en voz baja.
Bruno no pudo contenerse.
—¡Almendra! Si tienes un problema, es conmigo. ¿Por qué le pegas a Susana? ¡Ella no tiene la culpa de nada! ¡Tú le robaste dieciocho años de una vida de lujos! ¡No te desquites con ella solo porque la elegí a ella y no a ti!
Almendra ya no quería ni verlo. Sentía que cada segundo que lo miraba era un insulto para sus propios ojos.
—Consíguete un espejo y ubícate —dijo con un gesto de asco.
Se dio la vuelta y se marchó con la actitud de una reina inalcanzable, con un aura fría e imponente.
La cara de Bruno se puso roja de furia. Le gritó a la espalda de Almendra mientras se alejaba:
—¡No eres más que una rancherita cualquiera, Almendra! ¡La verdadera heredera de los Farías es Susana!
Susana aprovechó el momento para tomar la mano de Bruno, que temblaba de coraje.


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