Neil nunca se había sentido tan humillado en su vida. Era peor que perder en una competencia oficial.
Había perdido, sí, pero de ninguna manera iba a desnudarse y arrodillarse para llamarla «patrona». Eso jamás.
—Mira, niña, ya entendí. Seguro Mauricio te llamó para que lo ayudaras, ¿no? Si es así, ellos perdieron contra mí, y nosotros perdimos contra ti. Estamos a mano, ¿no crees? —dijo Neil, con toda la intención de rajarse.
La voz indignada de Mauricio se escuchó desde atrás.
—¡Neil! ¡Ustedes saben perfectamente cómo nos ganaron! ¡Pero ella les ganó limpiamente, con su increíble talento para manejar!
Mauricio no podía creer lo buena que era esta chica que venía del campo. ¡Era un tesoro! Ya estaba pensando en invitarla a unirse a su equipo de carreras. Si aceptaba, hasta estaría dispuesto a ser su novio.
A Neil no le importó.
—Son del mismo bando. Así que quedamos tablas. Es lo justo.
—¡Eres un cínico!
—¿Piensas echarte para atrás? —dijo Almendra con una sonrisa gélida.
Neil se encogió de hombros, extendiendo las manos en un gesto de falsa resignación.
—No, es solo que esta es la mejor solución, ¿no crees? Si estás de acuerdo, hasta podríamos ser amigos.
Neil incluso pensó que si lograba que Almendra se uniera a su equipo, sería invencible.
—Ni lo sueñes. No soy amiga de escoria —replicó Almendra con desprecio.
—Tú... —masculló Neil, apretando los dientes.
—Además, si apuestas conmigo, cumples. Y como ustedes hicieron trampa en su carrera, el resultado no cuenta. Tienen que disculparse con ellos y pagar los gastos médicos —declaró Almendra con una frialdad que la hacía increíblemente atractiva.
Mauricio se quedó sin palabras. ¿Cómo era posible que esta chica supiera exactamente lo que él estaba pensando?
Ella enarcó una ceja.
—¿Quieren pelear?
—¡Neil! ¿Qué clase de hombre eres si te metes con una chica? ¡Si quieres pelea, es conmigo! —intervino Mauricio, colocándose delante de Almendra para protegerla.
Hoy, aunque no fuera por Almendra, no iba a permitir que Neil siguiera haciendo lo que se le daba la gana.
Los dos amigos de Mauricio, Héctor y Herminio, también se adelantaron y se pararon a su lado, formando una barrera que ocultaba completamente a Almendra. ¡Era el colmo que unos extranjeros de Tierra de la Cruz se pusieran tan gallitos en su propia tierra! Hoy, aunque se armara un escándalo, tenían que poner a Neil y a sus amigos en su lugar.
Neil, al verlos, soltó una carcajada arrogante.
—Mis muchachos y yo hace mucho que no calentamos los músculos. Hoy nos vamos a divertir un rato con ustedes.
Pero apenas terminó de hablar, Almendra salió de detrás de Mauricio. Antes de que nadie pudiera reaccionar, se movió con una agilidad felina, se plantó frente a ellos y, ¡pum!, le soltó un puñetazo directo a la mandíbula de Neil.

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