«¡No puede ser!», pensó Mauricio, y aceleró para seguirla.
Bajo el manto oscuro de la noche, cinco motocicletas cortaban la amplia pista como relámpagos. Cada curva, cada aceleración, cada rebase era un espectáculo de infarto.
Neil y sus dos secuaces, aprovechando su ventaja inicial, recurrieron a sus viejos trucos. Empezaron a zigzaguear por todo el camino, formando una barrera para impedir que Almendra y Mauricio los adelantaran. De esa manera, por muy buena que fuera la técnica de Almendra, no podría superarlos. Y si no los superaba, perdería. Si se le ocurría chocar contra ellos, mejor para ellos. Eran expertos en ese tipo de juego sucio, ¿qué podía hacerles una niñita?
Mauricio, que iba detrás de Almendra, se dio cuenta de la estrategia de Neil y le gritó:
—¡Voy a sacarlos del camino!
Pero apenas terminó de hablar, se quedó con los ojos abiertos de par en par.
Almendra, manejando su moto con una agilidad increíble, aceleró de repente. La moto se despegó del asfalto con un zumbido, y tanto ella como el vehículo parecieron volar como si tuvieran alas.
Un salto perfecto, un aterrizaje impecable. Había superado a Neil y a sus hombres.
Mauricio no daba crédito.
Neil y sus amigos también se quedaron estupefactos. No se imaginaban que el nivel de Almendra fuera tan extraordinario.
El salto a alta velocidad.
Eso no era algo que cualquier motociclista pudiera hacer.
En el instante en que aterrizó con suavidad, Almendra se giró, dedicándoles una sonrisa desafiante y burlona, como una mensajera de la noche.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Los Secretos de la Hija Recuperada