Laura asintió:
—Ya quedó todo listo. ¿Por qué llegaron tan tarde hoy?
Betina, temiendo que sus padres mencionaran que primero habían ido a dejar a Almendra, se apresuró a decir:
—Había muchísimo tráfico. ¿En qué dormitorios les tocó a ustedes?
Laura se encogió de hombros:
—No nos tocó juntas, de todos modos.
—No importa, lo bueno es que estamos en la misma universidad.
—Betina, corre a hacer tu inscripción. Nosotras vamos a buscar los dormitorios.
Betina suspiró aliviada:
—Va.
Laura y Silvia saludaron a Frida y a Simón y se fueron.
Silvia le preguntó a Laura en voz baja:
—¿Betina les habrá dicho a los señores Reyes que su hermana adoptiva se le insinuó a Fabián?
Laura negó levemente:
—Ese día no me contestó los mensajes. Me dio miedo preguntar de más y herir su orgullo o ponerla triste, así que ya no insistí. Pero hoy se ve de buen humor.
Silvia suspiró con resignación:
—Es el precio de que su prometido sea Fabián. Hay tragos amargos que no se pueden evitar.
Betina terminó sus trámites y se dirigió a su dormitorio.
Como llegó tarde, sus otras tres compañeras ya estaban ahí.
Ya habían tendido sus camas y estaban acomodando sus cosas cuando vieron llegar a Betina. Como era un edificio de mujeres y los hombres no podían entrar, el personal de la residencia y algunos voluntarios tuvieron que dar dos vueltas para meter todas sus cosas.
Al ver el equipaje de Betina amontonado en el pasillo, las tres chicas se quedaron con la boca abierta.
El cuarto no era tan grande, ¿era necesario tantas cosas? ¿No era una exageración?
Al verlas atónitas, Frida sonrió apenada:
—Disculpen, traemos un poco de equipaje de más.

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