—Escuché que les dijiste a tus compañeros de La Concordia que él es tu prometido.
Almendra señaló a Fabián, que estaba a su lado.
Fabián sintió que Almendra estaba realmente molesta, así que habló de inmediato:
—Puedo ir personalmente a La Concordia a aclararlo.
Al oír eso, Betina se puso blanca como un papel y se apresuró a decir:
—¡Para nada! Almendra, desde que regresaste, entre Fabián y yo no hay nada. ¡Tienes que creerle! ¡No malinterpretes sus sentimientos por ti!
Eva estaba a punto de soltar una carcajada.
Cualquiera que la escuchara pensaría que antes sí hubo algo entre ella y Fabián.
Al final de cuentas, ¿no era solo un compromiso de palabra?
Fabián estaba harto. Miró a Betina, que fingía inocencia, con ojos fríos:
—Yo… ni… te… conozco.
Si alguien que no supiera la historia viera esto, pensaría que Fabián era un patán infiel.
Pero la realidad era que, aparte de la conexión familiar y el título de prometidos que les colgaron, las veces que se habían visto se contaban con los dedos de una mano.
Incluso cuando se veían, apenas cruzaban palabra. Fabián podía jurar que entre él y Betina no había absolutamente nada.
¡Betina estaba tratando de manchar su imagen!
Betina no esperaba que Fabián fuera tan cruel. Por culpa de Almendra le decía que no la conocía. ¿Qué brujería le había hecho esa mujer?
—Sí, hermana, Fabián y yo…
Betina puso cara de víctima e intentó hablar de Fabián, pero una mirada gélida de él la calló en seco.
—Ya que no hay nada, que no me entere otra vez que andas diciendo que es tu prometido.
Aunque no le faltaban esos tres millones, el simple hecho de pagarlos le ardía en el alma.
Después de comer, Fabián llevó a Almendra de regreso a la escuela.
Susana, que salía del comedor con cubrebocas, vio a Almendra bajar de una camioneta Mercedes. Apenas puso un pie en el suelo, alguien la jaló de regreso adentro.
Susana arrugó la cara con envidia. Si no se equivocaba, ese debía ser el tipo con el que Almendra se revolcaba.
Por cómo cerraron la puerta, seguro no estaban haciendo nada bueno.
Susana no se equivocaba. Fabián, molesto porque Almendra se bajó sin despedirse, la jaló a sus brazos y le dio un beso suave en la sien:
—Acuérdate de extrañarme.
Almendra sonrió levemente y luego tomó la iniciativa, besándolo en sus labios sensuales.
Martín, en el asiento del conductor, no se esperaba esa escena y se tapó los ojos asustado. Por dentro gritaba: «¿Vi bien? ¿Es neta? ¿La señorita Almendra está besando al jefe?».

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