Fabián también se quedó sorprendido; no esperaba que Almendra fuera tan proactiva esta vez.
Su corazón empezó a latir desbocado. Le sujetó la nuca con la mano y profundizó el beso.
Cuando Almendra bajó del auto, tenía los labios, suaves como pétalos de rosa, ligeramente hinchados.
Pensó que mejor no volvía a tomar la iniciativa con Fabián, se ponía demasiado intenso.
Al ver bajar a Almendra de nuevo, con el pelo un poco revuelto, las mejillas sonrojadas y la boca hinchada, Susana resopló para sus adentros: «¡Qué zorra!».
Guardó el celular en su bolsillo. Había grabado un video. Solo necesitaba subirlo al foro de la escuela para que el rumor de que Almendra era una mantenida corriera como la pólvora.
Cuando la camioneta de Fabián se alejó y Almendra entró al edificio, Susana se atrevió a salir de su escondite.
Estaba a punto de entrar al dormitorio cuando escuchó una voz ronca y grave a sus espaldas:
—Hija mía, vaya que me costó trabajo encontrarte.
Susana abrió los ojos con terror y se le tensó todo el cuerpo.
Sin pensarlo dos veces, echó a correr sin mirar atrás, pero una mano le agarró el brazo con fuerza y la aventó contra el pasto.
Por suerte era mediodía y el sol pegaba fuerte; todos estaban en sus cuartos después de comer. De lo contrario, alguien la habría visto.
—Tragué porquerías y estuve en el bote dos meses por tu culpa, ¿y ahora me ves y corres? ¿Qué te pasa?
Susana se cubrió la cabeza por instinto, pero luego recordó que estaba en la escuela y que ya no era hija de Ulises Borrero. ¿Por qué iba a tenerle miedo?
Levantó la vista y miró al hombre delgado, barbudo y de aspecto intimidante.
Ulises era un vicioso del juego, debía dinero por todos lados. Por no pagar, los del casino le habían cortado un dedo de la mano derecha. Tenía una cicatriz larga que le cruzaba desde el ojo hasta la barbilla, dándole un aspecto brutal.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Los Secretos de la Hija Recuperada