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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 85

Sus padres estaban en la plenitud de su vida. Beber una dosis tan concentrada de tónicos les causaría, como mucho, un desequilibrio temporal. Pero para el abuelo la historia era otra.

Su cuerpo ya estaba debilitado, con problemas cardíacos y cerebrales preexistentes. Aunque ella le había ayudado a mejorar su circulación hacía un par de días, todavía necesitaba cuidar su dieta y descansar.

Una bebida de maca de buena calidad no lo habría matado, pero los productos de la subasta eran auténticas joyas. Y Betina había hervido las tres hierbas juntas, sin ningún tipo de preparación. Para el abuelo, beber eso fue como tomar veneno.

El profesor Edgar y los demás seguían mirando a Almendra con escepticismo.

—¡Pero en la medicina occidental no existe tal procedimiento!

—Exacto, si algo sale mal durante el tratamiento, ¿podrá asumir la responsabilidad? —secundó un asistente.

Realmente no entendía por qué la familia del hombre más rico del país había traído a una chiquilla a jugar. Incluso llegó a sospechar que tal vez no querían que el anciano sobreviviera.

Antes de que Almendra pudiera responder, Tobías intervino.

—Profesor Edgar, créame, ¡ella puede hacerlo!

Nadie podría hacerlo mejor que ella.

Aunque la joven frente a ellos solo tenía dieciocho años, era la mentora más importante que había tenido en su carrera médica.

Si antes tenía solo un cincuenta por ciento de confianza en la cirugía del señor Yago, ahora estaba seguro de que sería un éxito rotundo.

Mientras discutían, Almendra ya había restaurado el flujo de energía en el cuerpo del anciano. Con calma, retiró las agujas de plata y miró a Tobías.

—Preparen la cirugía.

—¡Sí! —respondió Tobías, conteniendo la emoción en su voz.

—Abran tórax.

Dicho esto, realizó una incisión limpia en el pecho de Yago. La sangre brotó al instante, como una flor roja y vibrante. Tobías la limpió de inmediato.

A continuación, con una rapidez y destreza asombrosas, Almendra cortó la superficie del corazón, exponiendo la arteria coronaria obstruida. Con unas pinzas delicadas, sujetó el vaso bloqueado y lo aseguró. Luego, con una sutura finísima, unió un nuevo vaso a la arteria coronaria, creando una nueva vía para el flujo sanguíneo.

Sus manos se movían con una agilidad y una ligereza expertas, cada gesto era fluido y preciso, como si estuviera interpretando una pieza musical. Los problemas que para otros serían un desafío, para ella parecían no existir.

El profesor Edgar y los demás, que asistían a Almendra, estaban tan impresionados que sentían el sudor frío en la frente. En varias ocasiones, pensaron que las maniobras de Almendra eran demasiado arriesgadas y se prepararon para intervenir, pero para su sorpresa, ella superaba cada desafío a la perfección.

En apenas dos horas, Almendra completó la cirugía, a una velocidad que triplicaba la de un cirujano promedio.

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