Cuando Almendra vio el reporte de infectados, ¡tenía una mirada capaz de matar!
¡Solo en el hospital ya había ciento cincuenta y dos infectados y cuarenta y nueve muertos!
Y con esos números, Almendra todavía dudaba si eran reales.
Sin contar los casos ocultos que no presentaban síntomas. No podía creer que la situación en la frontera estuviera tan crítica y ellos lo hubieran ocultado.
—Reporten esto de inmediato. Contacten al gobierno local. ¡Hay que cerrar la ciudad!
Al oír eso, Salvador se puso histérico:
—¡Estás loca! ¡No tienes idea de las consecuencias de cerrar la ciudad! ¡No se puede cerrar! ¡Absolutamente no!
*¡Pum!*
Almendra azotó el reporte sobre la mesa con una mirada gélida, emanando una vibra aterradora.
—Con tantos infectados aquí y los casos ocultos en la ciudad, si no cerramos, ¿quieres que se lleven el virus al interior del país y contagien a todo mundo?
La presencia de Almendra era tan imponente que Salvador no se atrevió a chistar.
—El cierre es temporal. En cuanto se elimine el virus, todo vuelve a la normalidad. Si no cerramos ahora y esto se vuelve nacional, ¿tú vas a pagar los platos rotos?
Ese virus era letal. Se transmitía demasiado rápido y, lo peor, aún no había un medicamento genérico, ¡el antídoto era limitado!
Ella solo traía 100 pastillas.
¡Solo 100!
Pensó que sobrarían, pero no se esperaba esto…
Miró a Salvador con frialdad. Él, visiblemente nervioso, resopló:
—No me mires así. Cuando detectamos el primer caso, avisamos. Si su instituto no sacó la cura rápido, ¿qué culpa tenemos? ¡Cúlpenlos a ustedes por inútiles!

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