—A Julieta le gustó mucho tu vestido de novia, se lo prestaremos por ahora.
El café estaba envuelto en una suave y tranquila balada. Ese café artesanal solía ser su favorito, pero hoy el sabor era demasiado amargo; no por la bebida en sí, sino por la persona que tenía enfrente.
—Por ahora no vas a usar ese vestido de novia, no deberías ser tan egoísta —soltó Daniel, mirándola fijamente con un tono lleno de justificación.
Victoria Ybarra alzó la mirada. Hacía frío, así que solo llevaba un abrigo de lana sobre su ropa de ensayo. Su espalda esbelta y recta, el cabello recogido con una redilla, una frente despejada y ojos claros; parecía un cisne elegante, exudando la gracia propia de una bailarina en cada movimiento.
—¿Tu empresa está a punto de quebrar? —La voz de Victoria no era alta, pero sí muy clara.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—¿El heredero menor de los Ortega no puede comprar el vestido que su novia quiere y necesita venir a robar el mío?
—Vicky, te estás confundiendo —intervino Julieta, un poco incómoda—. Fui yo quien se enamoró de ese vestido a primera vista. No pensé que Dani de verdad te invitaría a salir para pedírtelo prestado, pero es solo una muestra de lo mucho que me quiere.
El tono escondía una clara presunción que a Victoria le resultó irritante. No creía que Daniel no se diera cuenta, simplemente prefería ignorarlo.
—Robarme mis cosas te produce una profunda sensación de logro —concluyó Victoria, dando por zanjado el asunto.
Ya fuera amor a primera vista o querer pedirlo prestado, en el fondo, era un robo.
El rostro de Julieta palideció, y a punto de llorar, apretó los dedos de Daniel con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—Lo siento, pero un vestido de novia es como la ropa interior; no se le presta a alguien para que lo use y luego te lo devuelva. Me pertenece única y exclusivamente a mí.
El rostro de Daniel se oscureció. Victoria miró la hora; no tenía intención de seguir perdiendo el tiempo con ese par.
Después de todo, ya había desperdiciado casi siete años con Daniel.
Los Ybarra y los Ortega eran vecinos. Ella y Daniel habían jugado juntos desde niños. En su mejor época, cuando ella viajó al extranjero para una competencia, Daniel se escapó de casa saltando el muro solo para ir a buscarla y no perderse ni una sola de sus presentaciones.
Pescaban y hacían asados en la casa de verano, se apoyaban el uno en el otro para ver el amanecer en otoño, esquiaban en invierno y acampaban en primavera. En medio de la pesada carga escolar, la compañía de Daniel se había vuelto tan esencial como el aire, integrándose por completo en su vida.
Quizás todos, en su juventud, se enamoraron alguna vez de un chico tan brillante y lleno de vida.
A los 18 años, prometieron ir juntos a la universidad y permanecer el uno al lado del otro para siempre.
Ella creyó que eso era una declaración de amor, pero terminó viendo cómo las mujeres al lado de Daniel pasaban una tras otra.
Es decir, no habría ningún bautizo a corto plazo.
Era bailarina, y tener un hijo requería de una planificación estricta. No tenía ninguna intención de quedar embarazada en los próximos cinco años, justo en el apogeo de su carrera.
Al verla mentir con tanta naturalidad, Daniel se levantó de golpe.
—Bien. Perfecto, haz lo que quieras.
Dicho esto, Daniel se marchó. Julieta tomó su bolso rápidamente y corrió tras él, dejándole a Victoria una sonrisa que delataba un toque de presunción.
Victoria terminó de tomar el café con calma, pagó la cuenta y se fue.
Al salir del trabajo y regresar a su departamento, notó que faltaban muchas cosas. Entonces recordó que sus pertenencias ya debían haber sido trasladadas a su nuevo hogar.
No le había mentido a Daniel. De verdad había firmado el acta de matrimonio esa mañana. Era un matrimonio por conveniencia, y ni siquiera se había aprendido el nombre de su esposo. Revisó el historial de mensajes, encontró la ubicación de su nueva casa y condujo hasta allá.
El Mirador de la Corona era una zona residencial de lujo de reciente desarrollo, con excelente privacidad y vistas espectaculares. Se decía que allí vivían importantes políticos. Solo había unas pocas casas, y el dinero no garantizaba poder comprar una; vivir ahí era un símbolo de estatus.
Victoria estacionó el auto en la entrada. Al bajarse, miró la casa. No había luces encendidas; al parecer, su esposo no planeaba volver la primera noche de casados.

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