—Aunque admito que Sombra es más joven que Rogelio, no es ni más guapo ni más sensato que él.
—Cof, cof, cof.
Al oír las palabras de Julieta, Aldana casi se atragantó con la fruta.
Luego, no pudo evitar soltar una carcajada y se recostó en la silla, riendo.
—¿De qué te ríes? —preguntó Julieta, confundida—. Aldi, aunque seas mi hermana, tengo que decirte lo que pienso. Entre Sombra y Rogelio, creo que Rogelio es mucho mejor para ti.
»Hazle caso a tu hermana, no puedes andar jugando a dos bandas.
—¿Así que por eso le pusiste mala cara a Sombra toda la tarde?
Aldana se levantó, se acercó a Julieta y empezó a juguetear con un mechón de su cabello, enrollándoselo en el dedo.
—Ponte seria.
Julieta apartó su cabello. Estaba molesta, pero no se atrevía a levantarle la voz.
—Te estoy hablando en serio.
—Yo también estoy hablando en serio —respondió Aldana, arqueando una ceja con calma—. Sombra y yo solo somos amigos del alma, nada más.
—Te rodeó la cintura con el brazo —replicó Julieta, disgustada—. ¿Qué hombre normal le pone el brazo en la cintura a una amiga?
Cuando Quico estaba con ella, no se atrevía ni a mirar a un mosquito hembra.
—Eh...
Aldana se quedó con la boca abierta, sin saber qué decir.
Todavía no era el momento de revelar que Sombra era una chica.
Cuanta menos gente lo supiera, menos peligro correría Sombra.
—Por eso, porque no es normal —dijo Aldana con una sonrisa forzada, hablando con total seriedad.
—¿Ah?
Julieta se quedó boquiabierta. Se acercó a ella con los ojos como platos.
—Le gustan los hombres —inventó Aldana sin sonrojarse ni un poco—. Soy como su mejor amiga.
—¡¿Qué?!
Julieta casi se muerde la lengua del susto y su voz se elevó varias octavas.
—¿Estás diciendo que a Sombra no le gustan las mujeres, sino los hombres?
—Ajá.

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