—Qué buena eres —dijo Aldana.
—Bueno, hago lo que puedo —respondió Julieta.
Sombra, que ya había terminado de jugar con el perro, se acercó y, al oír su conversación, intervino:
—¿De qué hablan?
—Julieta dice que quiere presentarte a unos chicos guapos y blanquitos.
Aldana curvó sus labios rosados, disfrutando del espectáculo.
—Así es.
Julieta sonrió con algo de vergüenza y dijo en voz baja:
—Elige al que quieras, siempre y cuando te guste…
—No, gracias —dijo Sombra, muerto de miedo. Se puso pálido y miró a Aldana con resentimiento.
«¿Qué tonterías le habrá dicho Alda a Julieta?», pensó.
—No te preocupes.
Julieta se mostró muy comprensiva y sonrió con amabilidad.
—Varios de los hombres de Quico son bastante apuestos.
Luego, añadió:
—Y lo más importante es que a ellos también les gustan los hombres.
Sombra se quedó paralizado, sintiendo que le faltaba el aire.
«Maldita sea, Alda. ¿Así es como traicionas a tus amigos?», pensó.
—Misión cumplida, me voy —refunfuñó Sombra, dándose la vuelta para marcharse.
Empezó a caminar y luego aceleró el paso, corriendo cada vez más rápido.
—Señor Sombra…
Al ver a Sombra huir como si lo persiguiera el diablo, Julieta miró a Aldana con extrañeza.
—¿Qué le pasa? ¿Se asustó?
—No le hagas caso.
La sonrisa de Aldana se hizo más amplia. Llevó a Julieta de vuelta a su silla y le puso la mano en el vientre.
Con casi cuatro meses, su abdomen se veía ligeramente abultado y ya se podía sentir la vida que crecía dentro.
—¿Cómo has estado últimamente? —le preguntó Aldana mientras le tomaba el pulso.
Su pulso era más fuerte que antes, señal de que Quico la estaba cuidando muy bien.

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