—¿Cuánto tiempo necesitas para que todo sea un éxito? —preguntó Serafín Guerra, cambiando de expresión y hablando con severidad.
La chica llevaba casi una semana secuestrada y el progreso de su investigación era rapidísimo.
Con su brillante inteligencia, tal vez podría conseguirle los resultados que tanto deseaba en muy poco tiempo.
—Una semana.
Aldana tiró el tenedor sobre el plato, parpadeó y respondió con total seguridad: —En solo una semana podré completar esa modificación genética con la que has estado soñando por más de diez años y no has podido lograr.
Serafín se quedó mirando fijamente a la chica. Con una mezcla de emociones y voz ronca, preguntó: —¿Cuáles son tus condiciones?
—¡Vaya! —Las pestañas de Aldana temblaron, esbozó una ligera sonrisa y dijo con entusiasmo—: ¡Hasta aprendiste a adelantarte a mis respuestas!
—¡Habla ya! —Serafín la fulminó con la mirada y le advirtió sin rodeos—: No uses ese tonito conmigo, soy mayor que tú.
—¡Hablo como se me da la gana! —Aldana cruzó las piernas, balanceándolas con total despreocupación, en actitud rebelde—. Si no te gusta, ¡lárgate!
—¡Fantasma! —exclamó la doctora Anahí Cantú, frunciendo el ceño con evidente molestia.
Aldana: —¡Tú también lárgate!
Anahí estaba atónita.
—¡Tus condiciones! —insistió Serafín, respirando hondo.
—Veinte días de El Antídoto.
—¿Veinte días? —Serafín soltó una risa fría—. ¿Por qué no me pides la fórmula de una vez?
—¿Acaso me la darías si te la pido?
—¡No! —negó Serafín rotundamente.
Aldana lo miró con expresión de absoluta incredulidad, haciendo el amago de levantarse para irse.
Qué idiota.
—Espera. —Al ver que se iba, Serafín se puso de pie rápidamente y dijo con voz profunda—: Acompáñame a hacer una cosa más y te daré la medicina para esos veinte días.
Aldana estaba muda.
——
En el jardín trasero.
En poco tiempo, las flores frente a ella quedaron destrozadas, daban pena.
—¿Qué diablos haces?
La mirada de Serafín se volvió gélida. La apartó de un tirón, levantó con mucho cuidado las flores aplastadas y la miró con furia: —Si se cae un solo pétalo más, habrá una pastilla menos para Cornelio.
—Tsk. —Aldana curvó sus labios rojos y soltó una risa fría—: Esa es toda tu gran capacidad para amenazar a la gente.
Aunque se hacía la dura, disminuyó la fuerza de sus manos de forma obediente.
Todo sea porque su pobre padre necesitaba la medicina.
—Todas estas flores fueron cultivadas con mucho amor por tu madre. —Serafín estaba de espaldas a Aldana, regando las plantas mientras hablaba.
A Aldana le tembló la mano y casi ahoga a una florecita.
—Para ser exactos, las cultivamos juntos. —Al mencionar a Sania Verano, en el rostro de Serafín apareció una sonrisa inusual—. Si ella las viera ahora, se pondría muy feliz.
Aldana blanqueó los ojos y soltó con desdén: —Si estas flores estuvieran plantadas en tu tumba, mi mamá las vería y se pondría muchísimo más feliz.
Serafín estaba mudo.

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