Al segundo siguiente.
Iván llegó corriendo colina arriba con una tablet en las manos y dijo con respeto: —Jefe, según nuestro detector satelital, ya dimos con la ubicación exacta.
Tomó la tablet y bajó la mirada.
Se veía una finca no muy grande, pero exquisitamente construida.
Las imágenes térmicas mostraban que había gente viviendo ahí.
Y no eran pocos.
—Pasa la orden. Que los hombres se acerquen al perímetro del pueblo en grupos pequeños —Rogelio apretó los puños, su voz grave estaba cargada de ferocidad—. Que nadie actúe hasta que yo lo ordene.
——
En la finca.
Aldana llevaba tres días encerrada en el laboratorio.
Por fin pudo ver al sujeto de prueba.
El hombre se había unido voluntariamente al programa de investigación; en cuanto cruzó la puerta, pidió que lo modificaran inmediatamente.
—¿Cuál es la prisa? —Aldana frunció un poco el ceño; tenía que averiguar si había logrado sacar el mensaje.
—Dime, ¿a qué lugares fuiste estos días? ¡Y qué hiciste!
—Sí, doctora.
El hombre se sentó en la silla y contestó obedientemente.
—Fui a la Dulcería... —En este punto, el hombre se rascó la cabeza, bastante confundido—: Quería comprar unos dulces, pero no tenían el sabor que yo buscaba.
Un dulce que mezclara cinco sabores.
Ni él mismo entendía por qué de repente tenía la necesidad de ir a comprar unos dulces que en su vida había visto ni escuchado nombrar.
—Y también...
—Suficiente. —Al obtener la respuesta que esperaba, Aldana se puso de excelente humor—. Acuéstate aquí al lado, en diez minutos te opero.
Serafín observaba desde la puerta, sin notar nada extraño.
——
Una hora después.
Los cinco sujetos de prueba fueron sacados de la habitación uno por uno.
Aldana se quitó los guantes y el cubrebocas, y los arrojó al bote de basura.
—Yo...
Apenas abrió la boca, un subordinado le llevó fruta de inmediato: —Sus mangos y dulces favoritos, además de algunas golosinas.

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