Aldana escuchaba en silencio, con la mirada fija en el rostro de Rogelio.
Al encontrarse con la mirada de la joven, el hombre se suavizó al instante y le preguntó en un susurro:
—¿Cuándo quieres que lo hagamos? Le diré a mi gente que se prepare.
—¿No te duele?
Aldana le tomó la mano y parpadeó.
—Si lo destruyo todo, no tengo dinero para pagarte.
—No tienes que pagarme nada.
Rogelio sonrió con ternura.
—De todos modos, tarde o temprano será tuyo. Tú decides qué hacer con ello.
—Tsk, tsk, tsk.
Al verlos tan melosos, Sombra no pudo soportarlo más y se levantó de un salto.
—Me voy.
—¿Pero no has comido? —preguntó Aldana, extrañada—. Quédate a comer.
Sombra respondió con sarcasmo:
—Ya me llené con tanto derroche de amor.
Aldana se quedó sin palabras.
—Señor Sombra, espere un momento. —Rogelio se levantó con calma y le entregó una carpeta.
—¿Qué demonios es esto?
Sombra estaba confundido, y Aldana tampoco sabía qué contenía.
Pero, de cualquier forma, dudaba que fuera algo bueno.
Sombra abrió la carpeta y encontró un grueso fajo de documentos.
Para ser exactos, eran «perfiles de hombres».
De todas las edades y profesiones, había de todo.
—La última vez, el señor Sombra me pidió que le buscara candidatos adecuados para ser su novio. Espero no haberle fallado. Tómese su tiempo para elegir, y cuando encuentre a alguien, me lo dice. —Rogelio, con una mano en el bolsillo, miraba a Sombra con una sonrisa que no era del todo una sonrisa.
Sombra ojeó unas cuantas páginas y su rostro pasó del verde al blanco; su expresión era indescriptiblemente horrible.
Si Alda no hubiera estado presente, le habría estampado esos adefesios en la cara a Rogelio.
—Señor Sombra, ¿está satisfecho? —continuó Rogelio—. Si no, aquí tengo más opciones.
—¡Te lo agradezco muchísimo!
Sombra dejó escapar la frase entre dientes y salió dando un portazo, furioso.
—¿Qué le pasa?
Rogelio arqueó una ceja, bastante complacido.

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