Al oír el ruido, Rogelio y Aldana levantaron la vista al mismo tiempo.
Aldana miró con lástima el pastel destrozado, y luego su mirada se desvió hacia el rostro de la camarera.
La chica llevaba un uniforme de trabajo en blanco y negro, una falda corta que dejaba ver sus largas piernas y el pelo recogido en un moño.
«¿Pero qué?».
Aldana enarcó ligeramente las cejas, y su mirada se oscureció un poco.
«Esa cara me resulta familiar».
Rogelio no miró a la camarera, toda su atención estaba en el pastel.
Había conducido dos horas hasta otro distrito para comprarlo.
Lo había dejado en la nevera del club para que no se alterara el sabor.
Y ahora, mira.
Aldi no había podido probar ni un bocado.
—¿Así es como entrenan a sus empleados en este club? —La mirada del hombre se volvió gélida de repente, y una ira sobrecogedora emanó de él.
—Señor Rogelio, lo siento mucho —El gerente tampoco se esperaba que la camarera pudiera meter la pata de esa manera. Corrió hacia él y se arrodilló de golpe—. Ahora mismo haré que alguien vaya a comprar otro, por favor, esperen un momento usted y la señorita Carrillo.
—Lo siento, señor Rogelio, señorita Carrillo —dijo la chica, levantando la cabeza y disculpándose con voz temblorosa.
Lloraba a lágrima viva, con una apariencia frágil y digna de lástima.
Rogelio la miró con indiferencia durante dos segundos, luego apartó la vista sin expresión y se dirigió a la chica que estaba a su lado.
—Mañana te compraré otro, hoy come otra cosa, ¿vale?
Era la hora punta del tráfico de la tarde.
Si lo traían de la pastelería, tardaría al menos tres horas.
El sabor ya no sería el mismo.
—Vale —asintió Aldana sin darle importancia, y negoció con él—: Mañana me compensas con dos.
Comía demasiados dulces, y Rogelio, por su salud, le había «ordenado» que solo podía comer tres veces por semana.

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