Rogelio frunció sus finos labios, con el desagrado escrito en su rostro.
—¿Acaso dije algo incorrecto? —La voz clara de Aldana resonó suavemente, y una risa ahogada escapó de su garganta—. ¿Te atreves a decir que Lourdes no es guapa?
Rogelio bajó la mirada para observarla, y una leve curva se dibujó en sus labios delgados, con un toque seductor.
—¿Hace un momento estabas elogiando a la señorita Yáñez?
—¿Y a quién más? ¿A Darío? —Los ojos de Aldana brillaron levemente y, fingiendo seriedad, añadió—: ¡Él no es tan guapo como tú!
Rogelio curvó los labios y su expresión se iluminó al instante.
«Pequeña traviesa».
«Se aprovecha de que la consiento para hacerme rabiar».
—Llegó Héctor Lucero —avisó Aldana. Rogelio miró hacia atrás por instinto.
Héctor se bajó del coche y fue directamente hacia ellos para saludarlos.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Rogelio, tomando la mano de Aldana. La ternura de su rostro se desvaneció, reemplazada por un tono y una expresión serios.
—Vine a buscar a nuestra jefa. —Héctor señaló con la barbilla en dirección a Gilda.
Gilda estaba hablando con Leonardo en ese momento y no se molestó en prestarle la más mínima atención.
—Vaya que eres atento —dijo Rogelio con voz ronca, lanzándole una mirada profunda.
—Es lo que debo hacer —respondió Héctor con una sonrisa forzada—. Gilda me ha enseñado mucho últimamente, y es justo que se lo agradezca.
Rogelio apretó los labios sin decir nada.
No.
Simplemente no se molestó en desenmascararlo.
—Ah. —Aldana, que al parecer no había notado las intenciones ocultas de Héctor, lo tomó por un simple chófer y dijo con calma—: Ve a llamar a Gilda, entonces.
En su mente.
Gilda era una mujer de armas tomar, y ningún hombre estaba a su altura.
Ella no se fijaba en ninguno.
Y mucho menos en Héctor.
Un debilucho como él, Gilda ni siquiera lo tomaría en cuenta.
—De acuerdo.
Héctor se despidió con la mano y corrió animadamente hacia Gilda.
—Gilda.
Héctor tomó la bolsa de Gilda por iniciativa propia y parloteó:
—La gente para la reunión en el gimnasio de boxeo ya llegó, vámonos ya.
—Sí.
Gilda asintió, se despidió de Aldana con una sonrisa tierna y dijo:

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector