Aldana lo sabía muy bien. Una «víctima» como ella pasaría unos días detenida, recibiría una reprimenda y luego sería liberada.
Bueno, también le vendría bien. Si no sufría un poco, no aprendería la lección.
—Iván. —Aldana miró a Iván y le dijo en voz baja—: Comunícate con el hospital y diles que usen el mejor plan de tratamiento disponible.
Al fin y al cabo, era una persona digna de lástima. Ella sabía lo que se sentía al perder a un ser querido. Por eso, sintió un poco de compasión.
—Entendido, señorita Carrillo. —Iván tomó su teléfono de inmediato y se retiró de la escena del chisme.
Sin embargo, todavía quedaban muchos curiosos en el lugar, parados sin moverse.
No se atrevían a irse. Pero quedarse parecía un poco incómodo. Deseaban que la tierra se los tragara.
—¿Se les ofrece algo más? —Rogelio levantó la mirada, su cuerpo envuelto en un aura gélida y su voz era cortante.
—No, no. —Todos negaron con la cabeza y se apresuraron a salir.
—¡Esperen! —La voz de Rogelio los detuvo. Todos se pararon en seco y se giraron, confundidos y cautelosos.
—Señor Rogelio, ¿qué más se le ofrece?
—Aldana. —Rogelio la rodeó con sus brazos. El frío que lo envolvía se disipó y su tono se volvió suave y cariñoso—: Mi prometida. Mi futura esposa.
Todos se quedaron boquiabiertos. Tras reaccionar, se apresuraron a sonreír y a saludar de forma atropellada:
—Hola, señorita Carrillo.
—Hola, señora Lucero.
Incluso uno, del susto, se equivocó al hablar y soltó:
—Hola, futura esposa.
Los demás se quedaron helados. «¿Te estás escuchando?», pensaron.
—Hola a todos. —Aldana no esperaba que Rogelio hiciera algo así y le dio un pellizco disimulado en la cintura.
—Pueden retirarse. —Rogelio, satisfecho por haber presumido a su mujer, hizo un gesto con la mano.
—Entendido. —Los demás salieron en tropel, temiendo quedarse atrás y que les hicieran más preguntas incómodas.

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