—¿Dónde?
Anselmo frunció los labios y exigió con urgencia:
—¿Cuántos son? ¡Dónde están!
—Bailando sobre tu tumba.
Julieta articuló, dejando escapar palabras llenas de sarcasmo:
—¿Por qué no te mueres y vas a comprobarlo?
Antes de que él pudiera reaccionar.
Ella saltó y, como poseída por la locura, le apretó las manos al cuello. Soltó una carcajada:
—Si quieres saber dónde están, ¡tendrás que esperar a tu próxima vida!
—¡Coff, coff...!
Anselmo jamás imaginó que la chica fuera tan fiera y que, con la poca fuerza que le quedaba, se atreviera a atacarlo.
¡Plaf!
Con solo usar un poco de su fuerza, empujó a Julieta, haciéndola caer bruscamente al suelo.
En ese preciso instante.
Un punzante dolor en su vientre comenzó a extenderse por todo su cuerpo.
—Enciérrenla.
Anselmo quería darle su merecido, pero no se atrevía a hacerlo sin la orden explícita del Líder.
—Sí, señor.
Sus hombres se acercaron rápidamente y arrastraron a Julieta de vuelta a la cama.
La puerta de hierro fue bloqueada una vez más.
Como castigo, cerraron el pequeño tragaluz.
La única y tenue fuente de iluminación desapareció por completo.
Julieta siempre había detestado la oscuridad. En esas circunstancias, el pánico la paralizó tanto que no se atrevió a abrir los ojos.
Todo estará bien.
No paraba de repetirse.
Aldana y su marido terminarían encontrando el lugar para sacarlas de ahí.
Y si llegaban demasiado tarde.
Tendría la compañía de su bebé. Al menos no caminaría sola por el sendero hacia la otra vida.
—Mi niño.
Julieta sollozó, acariciando su adolorido vientre:
—No tengas miedo. Pase lo que pase, mamá estará contigo.
—
Isla Solestia.
El hombre que había secuestrado a Julieta fue capturado.
Resultó ser uno de los subordinados de Quico.
Cegado por su ludopatía, se había endeudado hasta el cuello y aceptó la oferta de El Refugio a cambio de saldar sus deudas.
—Ellos solo me pidieron que llevara a la señora a un lugar específico, no sé nada más.
El hombre, de rodillas en el suelo, con el rostro pálido y la frente cubierta de sangre por los golpes, suplicaba:
—Quico, el diablo me tentó, se lo ruego, ¡perdóneme la vida!
Quico, en camisa y con el pelo revuelto, sacó un arma del cajón con la mirada perdida.

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