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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1228

"Sania..."

Serafín miraba incrédulo la mano de Sania aferrada a la suya.

"Serafín, ¿es cierto que mañana nos vamos de aquí?"

Sania, recostada en el sofá con las mejillas sonrosadas, aparentaba estar ligeramente ebria.

"Así es."

Al ver que el alcohol había hecho efecto, Serafín se sentó a su lado: "Si todo sale como espero, Anahí terminará la investigación antes del amanecer. Mañana a primera hora, nos iremos en helicóptero."

"Ah."

Sania esbozó una sonrisa y preguntó despacio: "¿Y a dónde iremos?"

"Al país Arposa."

Serafín respondió sin titubear, explicándole con paciencia: "Allí hay un multimillonario fascinado con la modificación genética, que ha invertido muchísimo dinero en mi trabajo a lo largo de los años."

"Cuando termine esta investigación y le entregue los resultados, me recompensará con una riqueza incalculable."

A medida que hablaba, Serafín se emocionaba más y apretó la mano de Sania: "Entonces seremos libres, y podré darte absolutamente todo lo que desees."

"¿De verdad?"

Sania levantó la mirada y, con una sonrisa indescifrable, lo miró fijamente: "¿Me darás cualquier cosa que te pida?"

"Por supuesto."

"Tu vida, ¿me la darías?", Sania dejó escapar una risa cristalina que resonó en el ambiente.

Serafín quedó desconcertado.

Antes de que pudiera reaccionar, Sania, aún mareada, lo abrazó de repente.

Serafín se sintió todavía más perplejo.

¿Sania lo estaba abrazando por voluntad propia?

Sin importar si estaba borracha o no, con que fuera iniciativa suya bastaba.

Serafín sonrió lleno de alegría, y justo cuando iba a devolverle el abrazo, la voz de Anahí sonó a sus espaldas:

"Serafín, ten cuidado con ella."

Serafín reaccionó de golpe y se dio cuenta de que Sania tenía aferrada su mano sin que él lo notara.

"Tú..."

Aunque ella hubiera alcanzado el detonador, el anillo estaba en el dedo de él y solo él podía quitárselo.

"¿En serio?", Sania rio con frialdad: "Entonces nos moriremos todos."

"Sania..."

"¡No te atrevas a llamarme así!", le gritó Sania con los ojos enrojecidos: "Solo mis padres y Cornelio... solo mi familia tiene derecho a llamarme así."

"Serafín, tú no eres digno."

"¿Tanto me odias? ¿Me odias hasta el punto de preferir morir conmigo antes que dejarme vivir?"

Serafín, parado frente a ella, empezó a recobrar la lucidez gracias al dolor en su cuello.

"Al principio no quería arrastrarte a la tumba conmigo. Si no te hubieras empeñado en llevar a cabo esa maldita y enferma investigación...", al mencionarlo, Sania sintió tanta rabia que apretó los dientes: "Desde el día que traicionaste a nuestra familia, mataste a mis padres a disgustos y conspiraste contra mí, entre nosotros solo quedó odio. Ya no hay rastro de hermandad."

"¿La bomba que llevo encima debe ser muy destructiva, verdad?"

Sania miró de reojo en dirección al laboratorio y sonrió: "Supongo que alcanzará para hacer estallar todo lo que hay ahí adentro."

"¡No te atrevas!"

A Serafín se le tensaron los nervios y, en un acto reflejo, intentó liberarse, pero el agarre de Sania era demasiado firme.

También temía que, si empleaba demasiada fuerza y la hacía enojar de más, ella presionara el detonador de verdad.

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