"¡Sania, no cometas una locura!"
Anahí, ahora genuinamente preocupada, apretó el arma entre sus manos, esperando el momento exacto para disparar.
"Anahí, ¿quién te dio permiso de apuntarle con un arma?", Serafín fulminó a Anahí con la mirada. "¡Baja eso!"
"Serafín, ¿acaso no escuchas lo que está diciendo?"
Anahí temblaba de furia, acusándola palabra por palabra: "Ella quiere destruir el trabajo de nuestras vidas, y además planea asesinarte. ¿Para qué sigues tolerando a una mujer así?"
"¡Te ordené que bajes el arma!"
Serafín, completamente sordo a las razones de Anahí, le rugió con el rostro desencajado.
"Ya que tú no tienes el valor de hacerlo, lo haré yo por ti." Y sin dudarlo un segundo, Anahí jaló el gatillo.
¡Bang!
Sonó el disparo, pero la bala no alcanzó a Sania, sino a la propia Anahí.
Recibió el impacto en el hombro y cayó pesadamente al suelo, girando la cabeza hacia la dirección de la que provenía la bala.
En el umbral de la puerta se erguía una sombra oscura.
Fantasma.
¡Era Fantasma!
"Tú..."
Anahí luchó por incorporarse, pero el insoportable dolor la hizo perder el conocimiento casi al instante.
"Aldi..."
Sania exclamó sorprendida, creyendo por un instante que todo era una alucinación.
Nunca pensó que, antes de morir, volvería a ver a su hija.
"¡Otra vez tú!"
Al ver a Aldana, Serafín soltó una carcajada sarcástica: "Este lugar está repleto de cámaras, ¿cómo demonios entraste?"
"Entré por la puerta principal, sin esconderme de nadie."
Aldana mantenía el arma en alto, pero su mirada se desvió hacia el rostro de Sania.
Cuando vio la bomba adosada a su pecho, frunció el ceño con severidad.
Ella conocía perfectamente ese modelo; su poder destructivo era colosal.
Una vez que detonara, reduciría toda la villa a escombros en milisegundos.
"¡Aldi, vete rápido!"
Sania, con los ojos anegados en lágrimas, le suplicó con voz rasposa: "Mamá no podrá asistir a tu compromiso, perdóname mi amor."
"No digas tonterías."
A Aldana se le formó un nudo en la garganta y los ojos le ardían: "Serafín, ¿no es la investigación lo único que quieres? Yo te la entregaré, pero deja ir a mi madre."
"¡No se la des!"
Sania intervino de inmediato, con una firmeza absoluta: "Si mi muerte y la de él sirven para asegurar la paz de muchísimas personas, entonces valdrá la pena."
"En cuanto a tu padre y tus hermanos... tendrás que ser tú quien les pida perdón de mi parte."

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