—Tú, tú, tú...
Sombra empezó a retroceder sobre la cama mientras agarraba las sábanas para cubrirse.
¡Se le caía el mundo encima!
Ya no llevaba su chaqueta, ¡solo la faja pectoral!
¿Lo de anoche había sido real o un sueño?
Si había sido un sueño, ¿qué hacía él ahí plantado?
¿Acaso la había visto sin ropa?
Ya valió.
¡Había valido madre!
—¿Qué haces aquí? —le preguntó, con el rostro mortalmente pálido y la voz temblorosa.
—Anoche te emborrachaste, te colgaste de mí y no me soltabas. Fui yo quien te trajo de regreso.
Tras pasar toda la noche en vela, Leonardo ya había asimilado por completo la verdadera identidad de ella. En ese momento, irradiaba una calma imperturbable.
—¿Tú me trajiste de regreso? —Sombra tragó saliva, sintiéndose acorralada—. No me digas que también fuiste tú quien me quitó la ropa...
—Ensuciaste tu ropa con vómito —Leonardo avanzó con un plato de caldo para la resaca en las manos. Sus ojos se clavaron profundamente en la chica, que no podía ocultar su pánico, y habló sin prisa—: Solo quería que durmieras más cómoda, pero no me esperaba que fueras...
—¡¿Que fuera qué?!
Sombra lanzó las sábanas por los aires, agarró un saco de traje nuevo que estaba a un lado, se lo echó encima y dio zancadas hacia la puerta, lista para huir.
—¿Y quién te dio permiso para quitarme la ropa?
Leonardo no dijo nada, simplemente aguantó los gritos con resignación.
—Mira, Leonardo. Será mejor que olvides todo lo que viste hoy —Sombra terminó de abotonarse el saco y le lanzó una mirada fulminante, amenazándolo con voz gélida—: De lo contrario, te juro que te mato.
—¡Espera!
Leonardo la tomó por la muñeca, y su tono de voz se volvió dulce de forma casi involuntaria.
—Si eres chica, ¿por qué insistes en rechazarme?
—¡Suéltame!

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