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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1685

Máximo no pudo sonreír más.

—Adiós.

Héctor dio dos pasos hacia adelante, pero de pronto se detuvo y regresó. Miró fijamente a Máximo a los ojos y pronunció cada palabra con claridad:

—No pierdas el tiempo. A Gilda jamás le gustarás.

—¿Y tú cómo estás tan seguro de eso? —Máximo frunció el ceño.

—Porque mientras yo esté aquí, nunca permitiré que le gustes. —Héctor curvó los labios en una sonrisa desafiante—. Si eres inteligente, lárgate ya.

Al ver a Héctor alejarse, el rostro de Máximo palideció un poco. Había algo muy extraño en toda esa situación.

Si solo estaba protegiendo a su hermana, ¿no era su reacción demasiado extrema?

¿Acaso...?

Máximo tragó saliva al sentir que una idea perturbadora invadía su mente.

¿Acaso Héctor estaba enamorado de la señorita Gilda?

¡Pero si es su hermano!

Aunque, claro, no compartían lazos de sangre. Y cuando no hay consanguinidad, esos títulos familiares dejan de importar bastante.

***

Por la tarde.

Héctor preparó la comida, dio una vuelta por las instalaciones y no vio a Gilda por ningún lado.

La llamó, pero no contestó. Le mandó mensajes y no respondió.

Dalia tampoco sabía nada.

Justo cuando Héctor comenzaba a perder la cabeza por la ansiedad, su teléfono sonó. Era Dalia:

—¡Señorito Héctor, la entrenadora Gilda está enferma!

—¿Está en su departamento?

Tan pronto como supo su paradero, Héctor colgó y salió corriendo hacia la casa de Gilda.

***

Gilda se había dado cuenta de que algo andaba mal con su cuerpo durante la tarde.

Lo más probable es que se tratara de la falta de sueño del día anterior. Haberse quedado en el balcón soportando el viento helado le había provocado una fiebre intensa.

Siendo ex instructora de fuerzas especiales, tenía amplios conocimientos de primeros auxilios.

Aunque la fiebre era alta, no era grave. Pensó que podía manejarlo sola y por eso no fue al hospital.

Pero no contaba con que...

No solo su temperatura seguiría aumentando, sino que además su cabeza comenzaba a darle vueltas.

Estaba dudando si llamar a un médico o no cuando sonó el timbre.

Vestía ropa cómoda de estar por casa y tenía una manta sobre los hombros. Abrió la puerta.

Al ver a Héctor, sus ojos reflejaron confusión por un par de segundos.

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