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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1686

Tras terminar el caldo, Gilda estaba tan enojada que le lanzó el tazón directo a la cara.

—¡Epa!

Héctor, gracias a sus excelentes reflejos, logró atraparlo con ambas manos. Sonrió con picardía y dijo:

—Ya comiste, ahora toca la medicina.

—Ya te dije que no voy a tomar nada —Gilda lo miró mal y frunció el ceño—. Conozco perfectamente mi cuerpo. En un rato estaré como nueva.

Su resistencia había sido forjada a base de puro entrenamiento extremo.

En su época en la Escuela de Cazadores, ni siquiera tenían suficiente comida para llenarse el estómago, mucho menos medicinas.

Si te enfermabas, sobrevivías si eras fuerte; si no, morías.

Ya estaba más que acostumbrada a eso.

—No me digas que le tienes miedo a las pastillas y por eso no te atreves a tomarlas —Héctor la miró con una sonrisa burlona—. ¿La gran ex instructora de fuerzas especiales, la temible Gilda, le tiene miedo a una pastillita?

»Con todo respeto, ¿no me digas que también te dan pánico las inyecciones?

¡Qué falta de respeto!

—¡Sigue riéndote! —Gilda agarró un cojín que tenía a la mano y se lo arrojó con todas sus fuerzas.

—Ya no me río, pero tómatela —Héctor siguió usando la psicología inversa—. Si no lo haces, es porque de verdad tienes miedo.

Gilda lo miró de reojo, bastante harta.

—Estás mal de la cabeza, ¿sabes?

¿Acaso se creía que ella tenía tres años?

—Sí, lo estoy.

Héctor ni siquiera intentó negarlo. Sí que estaba enfermo.

Enfermo de amor.

Y su único antídoto era ella.

Al terminar de hablar, Gilda notó que Héctor no apartaba su intensa mirada de ella, y aún conservaba esa leve sonrisa en los labios.

Ella apartó la mirada de inmediato y extendió la mano.

—Dame la medicina.

De por sí ya le dolía la cabeza, y estar peleando con él solo empeoraba la situación. Sentía que el cráneo le iba a estallar.

«En cuanto la pastilla haga efecto y recupere mis fuerzas, le daré la paliza de su vida», pensó.

—Esta medicina suele dar sueño. Deberías dormir un rato —Héctor le trajo una manta—. Solo necesitas sudar la fiebre y estarás bien.

—Gracias. Ya tomé la medicina, ahora puedes irte. —Gilda se acostó en el sofá, con un tono frío y distante.

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