Tras terminar el caldo, Gilda estaba tan enojada que le lanzó el tazón directo a la cara.
—¡Epa!
Héctor, gracias a sus excelentes reflejos, logró atraparlo con ambas manos. Sonrió con picardía y dijo:
—Ya comiste, ahora toca la medicina.
—Ya te dije que no voy a tomar nada —Gilda lo miró mal y frunció el ceño—. Conozco perfectamente mi cuerpo. En un rato estaré como nueva.
Su resistencia había sido forjada a base de puro entrenamiento extremo.
En su época en la Escuela de Cazadores, ni siquiera tenían suficiente comida para llenarse el estómago, mucho menos medicinas.
Si te enfermabas, sobrevivías si eras fuerte; si no, morías.
Ya estaba más que acostumbrada a eso.
—No me digas que le tienes miedo a las pastillas y por eso no te atreves a tomarlas —Héctor la miró con una sonrisa burlona—. ¿La gran ex instructora de fuerzas especiales, la temible Gilda, le tiene miedo a una pastillita?
»Con todo respeto, ¿no me digas que también te dan pánico las inyecciones?
¡Qué falta de respeto!
—¡Sigue riéndote! —Gilda agarró un cojín que tenía a la mano y se lo arrojó con todas sus fuerzas.
—Ya no me río, pero tómatela —Héctor siguió usando la psicología inversa—. Si no lo haces, es porque de verdad tienes miedo.
Gilda lo miró de reojo, bastante harta.
—Estás mal de la cabeza, ¿sabes?
¿Acaso se creía que ella tenía tres años?
—Sí, lo estoy.
Héctor ni siquiera intentó negarlo. Sí que estaba enfermo.
Enfermo de amor.
Y su único antídoto era ella.
Al terminar de hablar, Gilda notó que Héctor no apartaba su intensa mirada de ella, y aún conservaba esa leve sonrisa en los labios.
Ella apartó la mirada de inmediato y extendió la mano.
—Dame la medicina.
De por sí ya le dolía la cabeza, y estar peleando con él solo empeoraba la situación. Sentía que el cráneo le iba a estallar.
«En cuanto la pastilla haga efecto y recupere mis fuerzas, le daré la paliza de su vida», pensó.
—Esta medicina suele dar sueño. Deberías dormir un rato —Héctor le trajo una manta—. Solo necesitas sudar la fiebre y estarás bien.
—Gracias. Ya tomé la medicina, ahora puedes irte. —Gilda se acostó en el sofá, con un tono frío y distante.
Estiró el cuerpo y, al sentarse, vio a Héctor de pie frente a ella, sosteniendo una cuchara.
Gilda frunció el ceño. Por un momento, pensó que estaba alucinando.
Porque justo acababa de soñar.
Y en su sueño había aparecido este desgraciado de Héctor.
No le bastaba con alborotar su vida real, también tenía que colarse en sus sueños.
—¿Por qué sigues aquí? —preguntó Gilda. La fiebre había bajado, pero su voz seguía ronca—: ¿No te dije que te fueras?
—Sí —asintió Héctor con total seriedad—. Me fui, pero luego volví.
Gilda: —¿Qué?
Héctor: —Me dijiste que me fuera, pero nunca me prohibiste volver.
Gilda: ...
¿Le estaba jugando sucio con las palabras?
Gilda se apoyó en el sofá para ponerse de pie. Ya no se sentía tan débil, pero el desgaste de la fiebre aún le dejaba el cuerpo un poco blando.
—Ven a comer. —Héctor regresó a la cocina y rápidamente sacó dos deliciosos platillos.
Sopa de verduras con tofu, carne con calabacín, y un cerdo estofado de un color rojizo brillante y sumamente apetitoso.

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