La intención de Gilda era echarlo a patadas, pero justo en ese momento le rugió el estómago.
Al mediodía no tenía nada de apetito y apenas había tomado el caldo.
Tras ese largo sueño, no solo había recuperado gran parte de sus fuerzas, sino que su sistema digestivo parecía haber despertado también.
Especialmente al ver esa comida tan tentadora frente a ella; era imposible no sentir agua en la boca.
Gilda apretó los labios y, al final, se sentó obedientemente a la mesa.
Decidió que primero comería bien y luego lo echaría.
Aunque...
¿No sería eso aprovecharse demasiado de él?
Pero pensándolo bien...
Si de aprovecharse se trataba, ¡nadie le ganaba a Héctor y su costumbre de jugar a dos puntas!
«Tanta amabilidad de su parte seguro esconde alguna trampa. Seguro necesita pedirme un favor», pensó.
—Siéntate.
Gilda tomó los cubiertos y probó un trozo de cerdo estofado.
Ella no solía comer carne con tanta grasa porque le parecía muy pesada, pero sorprendentemente, la receta de Héctor era una delicia.
La textura era suave, se deshacía en la boca, y dejaba un sabor increíble.
Gilda no pudo evitar tomar otro trozo, cerrando ligeramente los ojos de puro placer.
—¿Está rico? —preguntó Héctor con voz suave.
—Mhm. —Gilda bajó los cubiertos, clavó sus oscuros ojos en el rostro de él y dijo en tono bajo—: Héctor, si necesitas algo de mí, mejor dilo de una vez.
—¿Eh?
Héctor se quedó desconcertado por unos segundos. Esbozó una sonrisa nerviosa y murmuró:
—No tengo ninguna segunda intención. Solo quería cocinar para ti.
—¿El joven heredero de la familia Lucero prefiriendo ser mi cocinero personal?
Gilda se recostó hacia atrás en la silla, entornando la mirada.
—O mis ojos están fallando, o a ti se te zafó un tornillo.
—No tiene nada de malo ser cocinero —Héctor bajó la cabeza y empezó a revolver ansiosamente el arroz en su plato.
«Hoy soy tu cocinero, ojalá mañana tu novio, y pasado mañana tu esposo», pensó.
—¿Acaso tienes miedo de que cuente por ahí que estás jugando a dos puntas?
Gilda apartó la mirada y habló con total indiferencia.
—Ya te lo expliqué —Héctor se rascó la nuca con frustración—. No estoy jugando a dos puntas. De hecho, ni siquiera he logrado conquistar a una.
La cita a ciegas fue una farsa, y la mujer de su vida aún lo mantenía en la zona de amigos.
No tenía idea de cuándo le daría una oportunidad.
Con esa convicción en mente, Héctor se puso de pie de golpe. Miró a Gilda desde arriba y dijo con voz profunda:
—Pregúntalo. Dilo de una vez.
—¿?
Gilda parpadeó un par de veces, visiblemente confundida.
—Iba a preguntarte si acaso le echaste el ojo a alguna empleada del estudio. ¿O tal vez a una de las clientas? ¿Quieres que te ayude a ser el cupido y conseguirte una cita?
—¿Es en serio? —Todo el valor que Héctor había reunido se desinfló como un globo pinchado—. ¿Por qué no te da curiosidad saber quién me gusta?
—Ya te lo dije, no es mi problema.
Gilda ya había comido suficiente y perdió el apetito. Se puso de pie.
—Lava todo y vete a tu casa.
Hizo una pausa antes de agregar una advertencia:
—Y si quieres enamorar a alguien, hazlo por tu cuenta. No vengas a causar problemas en mi estudio.
»De lo contrario...
La mirada de Gilda bajó rápidamente hacia cierta zona en los pantalones de Héctor.
»Ya sabes lo que te espera.
Héctor estaba mudo.

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