En la sala.
Sombra estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la mesa baja, comiendo mientras le daba órdenes a Leonardo.
—No me gusta la cebolla.
—De acuerdo.
Leonardo se dedicó con esmero a apartar cada trocito de cebolla de su plato, sin dejar ni el más mínimo rastro.
Julián no decía nada, solo observaba en silencio a escondidas.
—Quiero tomar algo —dijo Sombra revisando la tableta, sin siquiera levantar la mirada.
—Enseguida.
Poco después, Leonardo le acercó un vaso de agua fresca y lo dejó junto a su mano.
Julián estiró el cuello para echar un vistazo.
Nada mal. Era el agua con limón favorita de su hermana, preparada exactamente con una rodaja y media. La obsesión de su hermana por los detalles no permitía ni una gota más ni una menos. Y el cuñado lo sabía a la perfección.
—Yo...
—Tu estómago es muy delicado, así que olvídate del helado. —Al ver que sus ojos se clavaban en el postre, Leonardo se lo negó de inmediato.
Sombra ladeó la cabeza, clavando sus profundos ojos en el hombre. Una curva peligrosa se dibujó en sus labios.
—Leonardo Valencia, ¿te crees muy valiente? ¡¿Cómo te atreves a tomar decisiones por mí?!
Julián asintió en silencio, dándole toda la razón.
Una vez había intentado llevarle la contraria a su hermana a escondidas, y ella le había dado una patada que le dolió por días. ¿Y ahora su futuro cuñado se atrevía a desafiarla en su cara?
¡Iba a terminar molido a golpes!
El niño enderezó la espalda, y una sonrisa radiante iluminó su rostro regordete. Sus ojos brillantes se clavaron en los dos adultos.
«¡Peleen! ¡Que empiece la pelea! Hace mucho que no veo a mi hermana golpear a alguien. ¡Je, je!».
—Comerás otro día. —Leonardo tomó el vaso con agua tibia y se lo llevó él mismo a los labios, hablando con una voz llena de ternura y mimo—. Cuando estés mejor te compraré dos, ¿te parece bien?
Sombra se quedó mirándolo fijamente. Segundos después, cedió y bebió el agua con limón.
No volvió a mencionar el asunto del helado.
¡No la iba a engañar tan fácil!
—¡Sí! —Sombra apretó los labios, tomó un pañuelo de papel y se lo arrojó con brusquedad—. Un verdadero hombre no llora por cualquier cosa. ¡No soportaré tener un hermano tan debilucho!
—¡No estoy llorando! —Julián se limpió las lágrimas de inmediato, esforzándose por forzar una sonrisa.
—Mejor sigue llorando, ¡esa sonrisa se ve horrible!
Julián no supo qué decir.
Qué vida tan difícil le había tocado.
—Yo me encargaré de lo de la escuela —intervino Leonardo. Al ver la cara de sufrimiento del cuñadito, le acarició la cabeza para tranquilizarlo con suavidad—. Ya compré una casa nueva, así que elegiré un colegio que esté cerca.
—Gracias, cuñado. —Julián lo miró con sincera gratitud—. Mientras no le hagas daño a mi hermana en el futuro, prometo no darte una paliza.
—Pues muchas gracias. —Leonardo no sabía si reír o llorar. Miró a Sombra—. ¿Deberíamos avisarle a su madre?
—Sí.
Sombra sacó su teléfono y marcó el número de Yolanda.

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