—Mmm.
Al obtener la respuesta deseada, Félix rodeó el auto hasta el asiento del conductor.
«¿Hacerle ropa a medida?».
Félix pensó en ello, sintiéndose secretamente encantado, y las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba de forma imperceptible.
—¿?
Al ver su cambio de expresión, Casiana frunció el ceño con fuerza, con el corazón latiéndole a mil por hora.
«¿Qué le pasa a Félix? ¡Parece otra persona!».
Justo cuando estaba sumida en sus dudas, sonó el tono de llamada de su teléfono.
Félix giró la cabeza y, al ver las palabras «Licenciado Galván», la leve sonrisa desapareció de su rostro de inmediato.
—Es el licenciado Galván...
Casiana se quedó atónita unos segundos y miró a Félix por instinto, un poco nerviosa.
¡Ese hombre era su archienemigo!
—¿Para qué te busca? —preguntó Félix, apretando el volante con voz ronca.
—Me invitó a comer —respondió Casiana con sinceridad tras abrir sus mensajes.
Félix no dijo nada, pero su expresión ya era bastante sombría.
Casiana parpadeó y tecleó una respuesta.
La cara de Félix se volvió cada vez más amarga. Justo en ese momento, el semáforo se puso en rojo y pisó el freno.
Por instinto, quiso aflojarse la corbata para respirar, pero se dio cuenta de que ni siquiera llevaba una puesta.
Mensaje enviado con éxito.
Casiana bloqueó el teléfono, miró a Félix y dijo en voz baja:
—Lo rechacé.
—¿?
Félix, un poco sorprendido, la miró con confusión.
—¿Por qué?
—Tengo que ver a tu familia, no tengo tiempo —las comisuras de los labios de Casiana se curvaron—. Dr. Hidalgo, ¿por qué le cae tan mal el licenciado Galván?
Félix se atragantó con sus palabras, luciendo avergonzado.
Porque la chica de la que había estado enamorado en secreto durante años, estaba enamorada de Gustavo Galván.
—Si no quieres decirlo, no tienes que hacerlo.
Al tratarse de su privacidad, Casiana no hizo más preguntas y sonrió dulcemente.
—Ya te pusiste verde.
—¿?
El cuerpo de Félix se tensó y casi confundió el acelerador con el freno.
¿Verde?
—Me refiero a que el semáforo ya está en verde —parpadeó Casiana, recordándoselo con seriedad.
Era difícil imaginarlo con las manos en la masa, cocinando el desayuno.
Poco después.
Aldana salió después de asearse. Al ver a Casiana sentada en el sofá, tan hermosa como un cuadro, sus ojos brillaron como estrellas.
—Buenos días, cuñada.
—Buenos días, Aldi —Casiana abrió la boca y esbozó una sonrisa dulce—. Escuché que el desayuno del Sr. Lucero es espectacular, así que vine a probarlo.
—¡Claro!
Aldana se sentó junto a Casiana y observó con atención su ropa, sin escatimar en halagos.
—Cuñada, hoy te ves aún más hermosa.
Casiana se sintió halagada y su estado de ánimo mejoró enormemente.
—¿Y yo?
Félix, sentado a su lado, miró a su hermana que lo ignoraba y habló con pereza:
—¿Por qué no halagas a tu hermano?
—¿?
Aldana levantó una ceja y curvó sus labios rojos:
—Mi cuñada es hermosa. Tú... al menos entras en la categoría de ser humano.
Félix estaba mudo.

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