¿Darío sabía hasta cuándo a Lourdes le llegaba el periodo?
—¿No se suponía que tu periodo de prueba era de seis meses?
Mientras comía los camarones que Darío le había pelado, Lourdes preguntó a propósito: —¿Así de fácil te dejaste atrapar por el señorito Héctor?
—Recuerden que el viejo zorro de Félix persiguió a Aldi por dos largos años.
—A mi parecer, deberías ponerlo a prueba un rato más. Si lo obtienen muy fácil, luego no lo valoran.
—¡Por supuesto que no! —Héctor del susto casi dejó caer el camarón que sostenía, y con rostro serio explicó—: Trataré a Gilda como a una reina. La llevaré en palmitas para que no sufra.
Le había costado muchísimo conseguir a su futura esposa, ¡no quería que la señorita Yáñez arruinara todo!
De todas formas...
Él no tenía mucha confianza de poder compararse con el estatus de la familia de Gilda.
—Era una broma, ¿por qué te pones nervioso? —Lourdes curvó los labios rojos, sonriendo como una zorrita astuta—. Además, si alguna vez hay problemas, nosotros mismos te haríamos desaparecer.
¿Desaparecer?
Héctor se quedó mudo.
—Doña Marcela consultó las fechas, y dijo que el mejor momento sería antes de Fin de Año.
Gilda sonrió con resignación y explicó en voz baja: —Héctor escuchó que esa fecha era el momento perfecto para asegurar un matrimonio largo y feliz, así que estuvo rogándome por días.
Antes, la idea de casarse por obligación le parecía un mito; ahora, se encontraba corriendo hacia el altar.
Y, para ser honesta, ya no soportaba sus lloriqueos diarios.
Si tarde o temprano iba a casarse con él, qué más daba hacerlo antes o después.
—¡Jajaja...!
Tras escuchar a Gilda, Lourdes estalló en carcajadas.
Otros proponían matrimonio con flores, globos y anillos en el pastel.
Héctor proponía matrimonio llorando: «¡Por favor cásate conmigo, te lo suplico!».
—Toma un poco de agua, no te vayas a atragantar. —Al verla tan feliz, a Darío también se le mejoró el ánimo.
Y siguió sirviéndole comida, pelándole camarones y quitándole las espinas al pescado.
Hasta le soplaba la sopa antes de ponérsela cerca de la mano.
Su interacción era tan natural que tenían más química que muchísimas parejas casadas.
Gilda observaba cada detalle en silencio.
Una vez terminada la cena.
Gilda conocía un poco sobre el pasado de su hermana menor.
Sabía que se había criado en un orfanato de bajos recursos y que tuvo una infancia muy difícil.
Luego, un gran incendio redujo el lugar a cenizas.
Y el muchacho que la había cuidado y protegido desde niña, por salvarla, pereció en el fuego.
Desde entonces.
Lourdes cambió radicalmente; la pequeña niña frágil se transformó en la crupier más famosa de todo Bravaria.
Peleó con uñas y dientes hasta convertirse en la segunda al mando del casino.
Y, más tarde, superando mil obstáculos, tomó el control total del Casino Costa Oeste, coronándose como la jefa suprema.
El fantasma del primer amor era muy difícil de vencer.
Pero si además era un amor platónico y fallecido, entonces era indestructible.
Sin embargo, a los ojos de Gilda, Lourdes sí sentía algo por Darío.
Por lo tanto, ella tenía una teoría.
Quizás Lourdes se estaba enamorando de Darío y, por miedo a sus propios sentimientos, quería echarlo.

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