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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1848

—Lourdes, ha pasado mucho tiempo. Tienes que seguir adelante.

Gilda le acarició la cabeza, hablándole con gran cariño y sinceridad.

—Pero si ya seguí adelante. —Lourdes arqueó las cejas y respondió en un tono relajado—. Si no lo hubiera hecho, no tendría tantos chicos mantenidos.

—Es solo que no quiero casarme, no quiero estar atada por un acta de matrimonio.

—Si quiero cambiar de hombre, lo cambio. De la edad que quiera, cuando yo quiera. ¡Qué libertad!

...

Gilda la escuchó atentamente y, sorprendentemente, sintió que su hermana tenía un punto muy válido.

Una vez casada, esa libertad se esfumaría por completo.

Justo cuando estaba pensando en ello, unas manos se posaron de repente sobre sus hombros.

Héctor había aparecido de la nada, mirándola fijamente y diciendo palabra por palabra:

—Te atreves a arrepentirte de la boda y me tiro de la azotea del edificio.

Gilda: «...»

Lourdes: «...»

—Yo no dije que no me iba a casar —respondió Gilda lentamente, después de un largo silencio.

—Ah.

Héctor forzó una sonrisa, y respondió con muy poca seriedad: —Entonces me guardo el salto para después.

—Cállate y lárgate de aquí —replicó Gilda.

—Sí, amorcito. —Héctor rio tontamente.

...

Gilda iba a decirle algo, pero sus mejillas se tiñeron de rojo al instante.

—El pequeño zorro Lucero de verdad te ama. —Lourdes, recostada en el sofá, los veía coquetear—. Es cierto lo que dicen, en la familia Lucero solo nacen hombres desesperados por el amor.

—¿Y tú?

Gilda miró a Lourdes y le preguntó suavemente: —¿Te gusta Darío?

...

Lourdes se quedó paralizada por un segundo, y su sonrisa se volvió algo rígida.

¿Gustarle?

Nadie le había preguntado eso antes y ella tampoco se había detenido a pensarlo.

Tal vez, un poco.

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