Qué mal.
Debió haberle preguntado a él primero.
—Wilfredo, entonces tú come con tranquilidad —le dijo Inés con una sonrisa que mezclaba incomodidad y educación.
Luego siguió a Kilian hacia una mesa cercana y se sentaron.
Estaban codo a codo, con la mirada clavada en la pantalla de la computadora.
Mientras hablaban, y quién sabe si de forma intencional o no, Kilian se inclinaba una y otra vez acercándose mucho a Inés.
—Inés, eres bastante hábil. Con este enfoque tan específico, seguro destrozaremos los argumentos del otro equipo.
—Gracias.
Inés se sintió halagada; sus mejillas se tiñeron de un lindo rubor.
—Ejem...
Wilfredo, sentado con sus largas piernas cruzadas, daba mordiscos al sándwich mientras sus ojos destilaban una frialdad aterradora.
Al escuchar el sonido, Inés y Kilian levantaron la vista al mismo tiempo. Unos segundos después, volvieron a bajar la cabeza en silencio.
Y continuaron discutiendo el guion.
—¡Ejem, ejem!
Wilfredo, a punto de explotar de celos, volvió a toser.
—¡Ejem, ejem, ejem!
—¡Cof, cof, cof, cof!
—¿Se te atoró un hueso de pollo en la garganta o qué? —Aldana estaba en plena concentración y ese ruido incesante la estaba volviendo loca.
—Para nada.
Wilfredo puso cara larga y arrojó el sándwich a medio comer de vuelta en la bolsa.
—¿Te estás ahogando, Wilfredo? —Inés se puso de pie rápidamente, sacó una botella de agua de su mochila y se la ofreció—. Es nueva, nadie ha bebido de ella.
—Gracias.
Wilfredo la tomó y su expresión sombría mejoró milagrosamente en un instante.
—Casi es la hora, deberíamos ir al auditorio —anunció Kilian acercándose a Inés. Luego le sonrió a Wilfredo—. Escuché que el señor Zavala se inscribió en el curso de nuestra facultad. Si necesita ayuda con algo, no dude en buscarme.
Kilian quería aprovechar esa oportunidad de oro para estrechar lazos con Aldana y la familia Lucero.
—No hace falta.
Wilfredo se quedó plantado en su lugar. Observaba las espaldas de los dos alejándose, con el rostro más negro que el fondo de una sartén.
—¿Qué tanto miras? —preguntó Aldana, acercándose a él.
—Ese tipo no es de fiar —masculló Wilfredo, con los labios apretados en una línea fina—. Deberías decirle a Inés que mantenga su distancia con él.
Los hombres conocían perfectamente las intenciones de otros hombres.
—Inés no es tonta. —Aldana enarcó una ceja—. Pero dime, ¿por qué de repente te preocupas tanto por ella?
—¿Acaso lo hago?
Wilfredo se frotó la cabeza, haciéndose el desentendido, y dejó escapar una risita nerviosa.
—¡Claro que sí!
Aldana se cruzó de brazos. Sus ojos claros se clavaron en él sin piedad alguna.
—Confiesa, quieres robarte a mi niña, ¿verdad?
...
El corazón de Wilfredo dio un vuelco.
¿Tan obvio era?

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