Muy pronto.
Los haces de luz iluminaron las distintas mesas de juego.
Y el resultado no fue diferente al de la sala privada.
Fueran cartas, dados o fichas...
Absolutamente todo revelaba el patrón brillante de la Flor de Mayo.
—Si alguno de ustedes todavía tiene dudas, puedo revisar personalmente el resto de las salas privadas una por una —resonó la voz clara y firme de Lourdes.
—No es necesario...
Los clientes comenzaron a murmurar entre ellos; las pruebas estaban a la vista de todos.
—¿No dijeron que en el Costa Oeste hacían trampa y que apareció una carta extra? —preguntó un jugador, tratando de entender el alboroto.
—Exacto, ¿dónde está la carta que sobraba? —le siguió la corriente otro cliente—. Al parecer, esa carta que acaban de revisar no tiene la Flor de Mayo.
—Si cambiaron por completo todos los juegos del casino, es imposible que se les olvidara marcar una sola carta.
Alguien que comprendió la situación de inmediato, añadió en voz alta a propósito:
—Qué les puedo decir, llevo años jugando en el Casino Costa Oeste y he ganado lo suficiente para comprarme un par de casas.
—La señorita Yáñez jamás recurriría a trucos tan sucios y baratos.
—Lo más seguro es que alguien le tenga envidia porque el negocio va muy bien, y vinieron a armar problemas a propósito.
Ante esas palabras, la mirada de Lourdes se posó directamente sobre el hombre de la cicatriz.
—Este perro estúpido... no, disculpe, señor. —Lourdes arqueó sus labios rojos en una sonrisa gélida que no llegaba a sus ojos—. Usted dijo hace un momento que esa carta era del Casino Costa Oeste. Ahora, frente a todos, vamos a revisarla de nuevo para ver si tiene la nueva marca de seguridad.
El hombre de la cicatriz, sosteniendo el naipe falso, palideció y no dijo una sola palabra.
Estaba tan seguro de que su plan de difamación iba a funcionar sin problemas.
Pero quién iba a pensar que esta bruja sería tan astuta como para tener un as bajo la manga.
—Creo que todo ha sido un malentendido. —El hombre forzó una sonrisa y soltó una risa nerviosa—. Ya que todo está aclarado, nos retiramos.
Dicho esto, dio media vuelta para huir.
—¿La señorita te dio permiso para irte?
Darío se plantó frente a él, bloqueándole el paso, y con una voz tan baja que helaba la sangre exigió:
—Dame la carta.
—¿Tú me estás dando órdenes a mí?
El hombre de la cicatriz ya no soportaba a Darío Alzamora. Lo fulminó con la mirada y soltó una carcajada despectiva:
—No eres más que un perro faldero de Lourdes Yáñez. ¿Qué derecho tienes para creerte superior frente a mí?

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