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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1835

—... Ah.

Lourdes no lograba comprender su lógica.

En una situación así, ¿no debería preocuparse más por si se había dañado el cerebro?

—Vámonos.

Lourdes le lanzó una mirada de reojo y salió de la habitación.

Darío la siguió como una sombra, con los ojos fijos en ella, llenos de devoción.

***

La gente del Casino Amanecer aún no había llegado.

Lourdes y Darío se dirigieron a la sala de descanso.

Apenas ella se sentó...

Darío se acercó con el desayuno en las manos.

—Lo dejé en el calentador. Cómetelo mientras está caliente.

Lourdes le dio un mordisco al panecillo caliente y levantó la mirada hacia él.

—Creo que tú tampoco has desayunado.

Había estado corriendo detrás de ella desde que amaneció, y encima le habían reventado una botella en la cabeza.

—No tengo hambre —respondió él en voz baja.

—Abre la boca.

Lourdes le acercó el panecillo mordido directamente a los labios.

Darío se quedó mirando la marca de labial en el pan, ligeramente hipnotizado.

—¿Qué pasa? ¿Te da asco? —Lourdes parpadeó—. Si quieres te sirvo otro.

—No es eso. —Darío abrió la boca y se lo comió de inmediato—. Está delicioso.

Lourdes lo observó, sintiendo un leve cosquilleo en el estómago.

¿Delicioso?

Solo era un panecillo cualquiera.

—Bebe un poco de agua. —Darío le ofreció su termo.

—No quiero. —Lourdes lo ignoró y exigió con tono mandón—: Quiero un americano helado.

—Te va a bajar tu periodo en dos días —le respondió Darío con total seriedad.

Lourdes casi se atraganta con el aire y lo fulminó con la mirada.

—Darío Alzamora, eres un pervertido, ¿cómo es que sabes eso?

Darío frunció los labios, sintiéndose ofendido, pero no se atrevió a contradecirla.

¿Cómo no iba a saberlo?

Si cada vez que a ella le bajaba, él era quien le lavaba la ropa interior a mano.

—Sí, soy un pervertido —admitió él sin más, pero no retiró el termo con agua—. Cuando termine tu periodo, te haré todo el café helado que quieras.

Lourdes no tomó el termo. Se quedó mirándolo, haciendo un puchero de molestia.

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