Después de que el jefe principal falleció, ella asumió el control del casino de forma natural.
En aquel entonces, muchos no estaban de acuerdo e intentaron deshacerse de ella de mil maneras.
Se decía en las calles que fue el mismísimo Mandatario de Bravaria quien movió los hilos en secreto para protegerla.
De no ser así, una jovencita como ella habría terminado en una zanja hace mucho tiempo.
Qué lástima.
Nadie jamás había visto el rostro de ese famoso Mandatario, de lo contrario, Hernán Mendoza habría intentado comprarlo primero.
...
La puerta se abrió.
Hernán levantó la mirada. Al instante, su rostro se iluminó con una sonrisa incontrolable al contemplar la figura espectacular y el bello rostro de la mujer frente a él.
—Cuánto tiempo sin verla, señorita Yáñez.
Lourdes era, sin duda, la joya más codiciada de Bravaria.
Él había fantaseado con ella por años, pero nunca pudo meterle las manos encima.
Al final, ese maldito perro guardián que tenía se le había adelantado.
Pero con esa belleza exuberante, a Hernán no le importaba si ya había sido usada; con gusto la aceptaría.
—Efectivamente, ha pasado mucho tiempo, señor Mendoza. —Lourdes ignoró por completo la mano extendida del hombre y curvó los labios en una sonrisa gélida—. Hace poco corrió el rumor de que lo habían atropellado por andar haciendo cosas sucias.
—Pero aquí lo veo vivito y coleando, quién sabe quién inventó ese rumor.
Qué decepción más grande.
¡Si tan solo hubiera sido cierto!
La sonrisa de Hernán se borró de golpe. Apretó la mandíbula y dijo con dureza:
—Escuché que la señorita Yáñez retuvo a algunos de mis hombres.
—Ajá.
Lourdes caminó hacia el sillón frente a él y se sentó. Darío le colocó un chal sobre los hombros y se plantó a su lado como una estatua letal.
—Señor Mendoza, está prohibido fumar en esta sala. Por favor, apáguelo.
—Je.
Hernán le lanzó una mirada burlona a Darío, apoyándose en su propio ego.
—¿Desde cuándo un simple guardaespaldas tiene voz y voto en el Casino Costa Oeste?
—¿Acaso dijo alguna mentira? —Lourdes arrojó su bolso sobre la mesa de cristal con un sonido seco—. Sus reglas son las mías.
—Si al señor Mendoza no le parece bien, entonces cancelemos esta reunión.
Lourdes hizo el amago de levantarse.


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